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La necesidad de una migrante en condición de discapacidad: detonante de explotación sexual

Acechada por razones políticas en Venezuela y sin su pierna izquierda, *Liliana huye hacia Colombia. Pero aquí no ha encontrado alternativas capaces de reivindicar su dignidad para sobrevivir junto a su familia

Reporte Proiuris

Documentación directa

*Liliana llegó a Colombia hace alrededor de cinco años, primero estuvo en Arauca y hace poco más de dos, arribó a Cúcuta. Tiene 50 años, pero su rostro despejado no los delata. Hace alrededor de ocho años perdió su pierna izquierda en un accidente en moto. 

El momento de quiebre que empujó la salida de Venezuela fue “cuando llegaron amenazas, de quemarme la casa, cuando empecé a ver muchas cosas con las que no estaba de acuerdo. Uno de mis hijos fue perseguido por un grupo de colectivos. Y yo dije: -No, ya basta, primero mi familia”.

Recuerda ese instante turbio cuando le dijeron: “Tenemos que hablar”. Ella decidió huir, antes de que llegara esa conversación.

Aunque escapa de su país, principalmente por amenazas de naturaleza política, reconoce que la grave crisis económica influyó en su decisión. “Yo tenía una vida normal, de familia. Trabajé entre 18 y 19 años en la administración pública. Fui secretaria y asistente de mi jefe. Pero llegó el momento de que aún teniendo otro trabajo, ya no tenía cómo sustentar el día a día de mi familia”, lamenta.

Mientras estuvo en Arauca, *Liliana tenía “un puestico” donde vendía bebidas gaseosas, café y golosinas. De allá se vino como “mochilera” hasta Cúcuta. Viajó con dos hombres que la acompañaron, uno de ellos era su pareja en ese momento. “Nos dieron cola, pasamos sustos, amanecimos en la calle”.

Al llegar a Cúcuta se encontró con la imposibilidad de sostenerse económicamente. Lo que ganaba vendiendo café y bebidas no le alcanzaba ni para lo básico.

Sobrevivir en la explotación

“Yo llegué aquí con un termo y una cava pequeña. Empecé en el Parque Mercedes en una sillita, pero había mucha competencia y no era lo mismo una nevera grande a una cavita con tres gaseosas. Allí empecé a ver ese mundo y se empezó a prestar la posibilidad. Tuve que hacer lo que muchas hacen, aun cuando no venimos a eso realmente”, cuenta conmovida.

A *Liliana le tocó empezar a prostituirse para poder sobrevivir. “Nunca pensé que yo podría llegar a ser una más de esa realidad”. Cuando se le pregunta sobre el cómo llegó allí, ipso facto contesta: “la necesidad”.

Dice que los hombres llegaron a ella, “sin  yo estarlos buscando”. Rememora esos primeros momentos: “Te llenas de pánico, no es miedo, es pánico, es rabia con  la sociedad, contigo misma”.

Acepta que se siente explotada sexualmente en esta modalidad de prostitución. “Es una vida donde llevas humillaciones, golpes, maltratos y, de verdad, no es fácil, aunque muchas personas digan que es la manera más fácil de conseguir dinero”.

La mendicidad como única alternativa

Luego de un buen tiempo en esa situación, ya no aguantó más. “Ahora estoy alejada de eso, tomé la determinación por mí misma, por mi familia. Ahora lo que hago es pedir en la calle, pido limosna para poder solventar el día a día”. Aunque no se siente cómoda, confiesa con vergüenza: “Es algo de lo que no me siento asquerosa, no me siento cochina”.

Incluso, Jorge Soto, representante legal de la Asociación Nortesantandereana de Personas con diversidad funcional, admite que “se ven muchas personas en las vías públicas buscando el día a día con la caridad humana, porque apoyo por parte del Estado no hay”, ni para los migrantes y refugiados venezolanos, ni tampoco para los colombianos. 

“Las personas en condición de discapacidad cuentan con muchas leyes, pero desgraciadamente, ninguna se cumple. No hay visión hacia esa población. Hablan de inclusión, pero eso no existe”, sentencia Soto.

*Liliana asegura que pese a su condición de discapacidad, “quiero trabajar dignamente, que yo pueda pararme y decirle a alguien: -Qué desea, dígame. Mas no mi cuerpo, no, ofrecer algo hecho por mí: una arepa, una hallaca, un pan, una empanada, un perro caliente, algo. No esta vida, porque esto no es vida para nadie, ni para la peor mujer”.

Tiene cuatro personas a su cargo aquí en Cúcuta, incluyendo dos niñas de 11 y 12 años. Además de los otros hijos y nietos que están en Venezuela. “Yo lo que hago el día a día, lo hago por ellos, por mis hijos, porque ellos son esa fuerza”. 

Foto: Proiuris

Condiciones de vida

En el lugar donde vive, todavía no hay servicios públicos propios, son sus vecinos quienes le facilitan la conexión tanto para el agua como para la electricidad. Pero cuando no logra completar el pago, se los cortan, así que para alumbrarse le “toca con velitas” y comprar agua para cocinar y asearse lo indispensable. El baño de su vivienda no tiene techo y una parte del piso se está hundiendo.  

Si se le pregunta a *Liliana por su condición de salud, dice que pese a su discapacidad, se siente bien. “Por ahí a veces me dan las depresiones, porque yo sufro de crisis depresiva suicida y me dan ese tipo de cosas, pero yo creo que con el deseo que tengo ahorita de superación no hay cabida para eso. Sí me da a veces la llorantinita, pero pasa”, cuenta con los ojos llenos de lágrimas.

Cuenta con un salvoconducto. Todavía está analizando si va a optar por acceder al Estatuto Temporal de Protección o si continúa su solicitud de refugio. “Aquí sigo, de pie, con mi frente en alto, a pesar de muchas cosas, y con la fe y la esperanza de que voy a sacar a mi familia adelante”, exclama.

Ha sido apoyada por organizaciones humanitarias como el Servicio Jesuita para Refugiados (SJR) para la obtención del terreno donde vive, también la corporación Mujer, denuncia y muévete le consiguió un par de muletas y, con las Hermanas Adoratrices está haciendo un curso de belleza, cuenta con entusiasmo.

En el futuro, *Liliana se ve “saliendo de este túnel oscuro, quiero ver luz y que esa luz nunca se me vuelva a apagar”.

Los datos y opiniones contemplados en este reporte fueron recabados por investigadores de Proiuris de manera directa en diversas entrevistas con las fuentes mencionadas. Se reserva el derecho al anonimato para resguardar la identidad de las fuentes.

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