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Luz tuvo que pagar 600 dólares para viajar a Colombia a sepultar a su madre

viajar a Colombia

Luz Rodríguez tuvo que lidiar con el desabastecimiento de gasolina, las restricciones de movilización por la COVID-19 en Venezuela y el cierre de la frontera para viajar a Colombia y darle el último adiós a su progenitora  

Reporte Proiuris

Una nota de voz partió en dos la vida de Luz Rodríguez el miércoles 23 de septiembre. La noticia de la muerte de su madre, quien tuvo que dejar Venezuela en febrero pasado para luchar contra el cáncer en Colombia, la devastó. Luz comenzaría una travesía llena de riesgos para darle sepultura a su ser querido al otro lado de la frontera.

En Maracaibo, donde hay  severas restricciones de movilidad para salir de la ciudad, la primera prueba que debía enfrentar Luz era encontrar un vehículo particular que la trasladara con sus hijos a la frontera entre Táchira y Norte de Santander.

Tras averiguar en el terminal de pasajeros, hablar con amigos y conocidos, se enfrentó con que las tarifas no bajaban de 700 dólares. La esperanza mermaba para ella; pero un vecino se ofreció a llevarla a ella, a su esposo, sobrino y a sus tres hijos menores de edad, hasta Orope, en el estado Táchira, a cambio de 500 dólares.

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“Ese valor incluía solo el servicio de traslado, nada de las situaciones que se pudieran presentar en las alcabalas ni tampoco las pruebas de coronavirus. Mi hermana, que vive en Colombia, nos ayudó con el pago porque para nosotros era imposible costearlo”, contó la ama de casa marabina.

Ante la escasez de gasolina y las restricciones de movilidad por los municipios fronterizos de Venezuela, han surgido estos servicios de transportes «privados» que deben pagarse en dólares en efectivo.

La búsqueda de un certificado médico de COVID-19 

Con el vehículo reservado y sin la posibilidad de concentrarse en su duelo, Luz y su esposo emprendieron otra cruzada: buscar una constancia médica que confirmara que ninguno de sus parientes tenía COVID-19.

Entre llamadas, mensajes en los estados de WhatsApp y recorridos por los centros de salud cercanos en busca de la constancia, un pariente les informó que en un Centro de Diagnóstico Integral (CDI) de La Pastora, al otro lado de la ciudad, la podían conseguir por 10 dólares.

“Nos tocó suplicar a un amigo que nos llevara y que al regreso, le pagaríamos la gasolina”, relató.

En un negocio lucrativo se ha convertido la concesión de este tipo de certificados alterados, debido a lo complejo que es acceder a estas pruebas en Venezuela.

Sin otra alternativa que pagar lo solicitado a un médico de la Misión Barrio Adentro, el núcleo familiar podría evitar que durante el viaje hacia la frontera alguna autoridad los obligara a hacinarse en un refugio.

Maracaibo es uno de los focos centrales del brote de coronavirus. El Colegio de Médicos del estado Zulia declaró “alerta roja” en la ciudad. Cerca de 100 galenos han muerto por el virus. Sin precisión en datos oficiales, se estima que más de 7 mil ciudadanos se han contagiado en esta región fronteriza.

El viaje del dolor y la incertidumbre a cuestas

El jueves 24 de septiembre, a la 4:14 de la madrugada, Luz salió con su esposo, sobrino de 20 años e hijos de 12, 7 y 4 años. Cada uno con un morral escolar y la tristeza a cuestas. Por todo el camino evitó llorar. Pensaba en las palabras que le diría su madre para calmarla. Se encomendó a ella para que los protegiera. Aun así, lo que no pudo evitar era un nudo en la garganta y un vació en su estómago que la acompañaron en el viaje.

“Nuestro vecino nos advirtió que durante todo el trayecto dijéramos que íbamos a una granja en Machiques de Perijá. Al llegar al primer puesto de control, en el kilómetro 40, la Guardia Nacional nos ordenó bajar del carro. Nos separaron e interrogaron. Yo solo quería gritarles que nos dejaran seguir para despedir a mi madre”, recordó Rodríguez.

Comenzó la interpelación. Los oficiales no creían en el relato de los viajeros. Revisaron los morrales, el interior de la camioneta, pidieron las partidas de nacimiento de los niños… Exigían dólares para permitirles proseguir. Pero ellos se negaron a dar dinero. 

Después de casi una hora de espera y por la insistencia de la familia, los dejaron ir. En este primer tramo no pagaron nada. Con un presupuesto cercano a los 40 dólares, ningún miembro se podía permitir ser extorsionado antes de llegar a Cúcuta.

Al ingresar al municipio de Villa del Rosario, todos cambiaron su discurso. Ahora decían que iban a Casigua y que venían de Machiques. En Casigua, el destino sería Boca de Grita. El repertorio se repitió en más de 10 puntos de control: Bajar del vehículo, presentar documentos de identidad y contestar sobre los motivos del viaje. 

Sin paso vehicular en Boca de Grita

A las 12 del mediodía (hora venezolana), llegaron a Boca de Grita, municipio tachirense que colinda con Puerto de Santander, en Colombia. El paso vehicular estaba cerrado. La familia tuvo que bajar de la camioneta y despedirse de su vecino. Entrar a Colombia y enterrar a su madre era lo único que pasaba por la mente de Luz.

Los habitantes le notificaron que debían tomar motos hacia Orope. Se trata de una ruta recta de trilla de unos 10 minutos y cuatro puntos de control. Desde que se agudizó la crisis migratoria, el control de esta zona se debate entre Los Rastrojos y Clan del Golfo, que se lucran de la extorsión y el tráfico de drogas y combustible.  

La mujer de 43 años narró: “Nos dividimos en 3 motos. En la primera mi esposo con mi hija de 12, en la otra mi sobrino de 20 y mi hijo de 4 años, y en la otra veníamos mi hija de 7 y yo, cargando con todos los morrales. Antes de subirnos a la moto, le advirtieron a mi sobrino que se quitara los zarcillos de la oreja y que se pusiera una gorra. También que evitara separarse de los niños.

El perfil de su sobrino coincide con los que buscan los grupos armados de la zona para ser reclutados. Durante la cuarentena, como lo reveló una investigación de Proiuris, la desaparición de migrantes ha aumentado 81,8 %. En este momento, cerca de 15 desapariciones en las trochas de hombres venezolanos han sido reportadas 

Siguiendo la advertencia, el sobrino no se apartó de los menores. Mientras, Luz y su esposo cambiaron dólares a pesos y pagaron 20 mil por las tres motos que los acercarían a las trochas. El bolívar tampoco tiene valor en esa zona. “Por un vasito de café me pidieron 2 mil pesos”, añadió Rodríguez. 

En cada alcabala los guardias bolivarianos le preguntaban hacia dónde iban. “A Cúcuta porque mi mamá había fallecido. En todas lloraba y mi hija al verme tan mal, también lloraba y me abrazaba. Solo así me dejaban pasar sin pedirme dinero. Apenas en una me quitaron 10 mil pesos por la niña”, comenta.

«Los motorizados me dejaron con mi hija y los morales en un camino de piedras, donde había mucho monte y chozas. Hombres mal vestidos y con voces autoritarias nos rodeaban. Tenía mucho miedo», recuerda Luz. 

Madre e hija caminaron rápido y llegaron a una zona muy cerca de la orilla del río Zulia, que divide a Venezuela y Colombia. Allí tendrían que cruzar por un camino fluvial irregular, justo por debajo del Puente Internacional Unión, -que permanece cerrado hasta el 31 de octubre- para llegar al lado colombiano. 

Gritos desesperados de una madre para que le permitieran el paso 

El relato de Luz continuó: «Un hombre se me acercó y me preguntó que si iba a cruzar. Le dije que estaba esperando a mi familia y me contestó que no podía estar mucho tiempo allí. Comencé a sentir angustia. Mi familia no aparecía…»

«Llegó mi sobrino y mi hijo menor. Me alegré. Le pregunté por mi esposo y mi otra hija y respondió que no los había visto. Una mujer se me acercó y me preguntó si el muchacho estaba conmigo y le dije que sí. ‘Dile que no se aparte de usted’, me advirtió».

«Mi esposo se demoró porque le quitaron dinero. Comenzamos a cruzar el camino de tierra. Nos gritaban que ya no había paso hacia Puerto Santander. No hicimos caso». 

«En la orilla del río los chalaneros me dijeron que nos devolviéramos. Comencé a gritar que mi madre había muerto en Colombia y que debíamos llegar a despedirla. Los hombres me pidieron que me calmara. Entonces pagamos 2 mil pesos cada uno y nos montaron en una chalana. El viaje duró 2 minutos».

«Ya en Puerto Santander, municipio vecino a Cúcuta, caminamos en busca de un bus o un carro que nos llevara a la casa de mi hermana. Pero un grupo de hombres nos detuvo, exigiéndonos 60 mil pesos para dejarnos seguir. Ya solo nos quedaban 10 mil. Me volví a quebrar y le entregamos el dinero que teníamos encima». 

«Caminamos cuatro cuadras más, con el sol encima. A las tres de la tarde, hora colombiana, tomamos un taxi hacia Cúcuta. Sentimos alegría al ver a mi hermana, en medio de tanta tristeza. Nuestro consuelo fue poder sepultar a mi madre juntos en familia».

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