Colombia

La migración y la pandemia en el imaginario de niños y niñas

La migración y la pandemia desde la perspectiva de niños y niñas

Niños y niñas que forman parte de las poblaciones que han migrado desde distintos lugares de Venezuela hacia la frontera plasmaron en dibujos cómo afrontan la migración y la pandemia, cómo han cambiado sus vidas en otro lugar, alejados de familiares y amigos

Reporte Especial Proiuris

Jackelin Díaz / Anggy Polanco

El sol es inclemente en ese lugar donde el asfalto se convirtió en polvo. En un ambiente desértico destaca el revoloteo de un grupo de niños y niñas que juegan inocentemente.

Una niña espera sobre un risco de tierra que se impone cerca de su casa hecha de latón. 

La migración y la pandemia
Una niña migrante espera en un risco de tierra en la parte alta del sector Pinto Salinas, en San Antonio / Foto: Cortesía

Dice que no ha comido. Los alimentos vendrán más tarde, si sus padres tuvieron un buen día en los trabajos precarios que tienen en el comercio informal.

Ella dice que extraña su casa, en Caracas. La pequeña y su familia migraron hacia el sector Pinto Salinas, en San Antonio, estado Táchira, hace más de cinco meses en búsqueda de mejores condiciones de vida. 

Los planes de cruzar hacia Colombia quedaron en suspenso. Permanecen en el lado venezolano de la frontera a la espera de que la pandemia amaine.

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Los recuerdos, deseos y sentimientos de la pequeña, así como los de otros niños y niñas migrantes que conviven en la zona fueron plasmados en dibujos.

Son obras sin pretensiones artísticas que reflejan los cambios abruptos que han experimentado en los últimos años y que han recrudecido con el surgimiento de la COVID-19. La migración y la pandemia fueron los temas a recrear desde el imaginario infantil.

Sebastián, uno de los muchachitos convocados a dibujar por la organización no gubernamental Operación Libertad, puso sobre papel el relato de lo que vivió días antes.

La migración y la pandemia
Sebastián, de 10 años de edad, retrató a los funcionarios policiales que extorsionan a sus padres

“La policía te multa si no tienes tapabocas”, dice Sebastián al referirse a un altercado entre sus padres y funcionarios policiales. Sus padres habrían sido víctimas de un intento de extorsión. Sin embargo, si no tenían para comprar un tapabocas, menos tendrían para acceder al pago ilegal exigido por los policías.

Apenas tiene 10 años de edad y ya es testigo de un atropello policial, de una violación de derechos humanos que lo afecta directamente.

La migración y la pandemia
Anyelith , de 5 años de edad, añora volver a abrazar a su mamá, que se vio obligada a huir a Colombia

La vida de Anyeleith, de 5 años, cambió radicalmente el día que tuvo que separarse de sus familiares y abandonar la casa donde vivía, en Maturín, estado Monagas.

Sus padres migraron a Colombia. Su plan era trabajar y enviar dinero a Venezuela para brindarle al menos lo esencial a la niña .

En una semana, Anyeleith tuvo que abandonar la escuela y, con ello, también perdió a amiguitos y amiguitas. Ahora vive con sus abuelo. Su mayor deseo es volver a abrazar a su mamá, como lo expresa en el dibujo. 

José Gregorio , de 6 años de edad, dibujó su nuevo hogar en San Antonio del Táchira

José Gregorio, de 6 años de edad, dibujó su nuevo hogar, el cual tiene una puerta y dos ventanas. En techo es de zinc y tiene encima unos cauchos. Él migró desde la capital junto a su familia y ahora reside cerca de la frontera venezolana.

El niño aspira a migrar junto a su familia a Colombia cuando la pandemia de la COVID-19 ya no sea un peligro.

Danna lamenta que la pandemia no le permita jugar con su bicicleta en las calles

Danna , de 8 años de edad, también expresó con creyones su experiencia con la migración y la pandemia. Lamenta que el intercambio con las demás personas esté signado pormedidas de distanciamiento físico que le incomodan. Lamenta que esté prohibido salir a la calle a jugar con su bicicleta.

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Desde que llegó a la frontera, dice, su mamá se dedicó a la peluquería. Sin embargo, debido a la crisis acentuada por la pandemia, su madre ha tenido que salir a buscar nuevos ingresos en el comercio informal, que también se ha venido a menos.

«Tengo mucho miedo. Estoy muy preocupada porque no quiero que mis hermanos o mi mamá mueran por el virus», dice la niña.

Migración interna pre COVID-19

San Antonio, Pedro María Ureña, Ayacucho y García de Hevia no son municipios del Táchira con grandes emporios empresariales ni empresas gubernamentales. Son zonas fronterizas con escasos servicios públicos y con una industria devastada luego del cierre de frontera impuesto por Nicolás Maduro en 2015.

A partir de 2016, cuando la escasez de alimentos, medicinas y otros productos de consumo masivo golpeó más duramente a la población venezolana, algunos comenzaron a abastecerse en Colombia. Ello creó un comercio efervescente en la frontera que abrió oportunidades de empleo a ambos lados de la línea limítrofe, aunque fueran empleos precarios.

Esta actividad comercial se fortaleció con la expedición del llamado carnet fronterizo, inicialmente pensado para la migración pendular, pero que, en la práctica, ampliaba la zona de tránsito de venezolanos en Colombia.

Además, los municipios fronterizos de Táchira se convertirían en las principales puertas de salida de todos los que huyen de Venezuela por la profundización de la emergencia humanitaria compleja en el país.

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Luego de que un grupo de mujeres forzaran la reapertura de los pasos fronterizos de forma peatonal, miles de personas de diversas regiones de Venezuela se abocaron a la frontera del Táchira ante la posibilidad de abastecerse de los productos de primera necesidad. A diario llegaban más de 200 autobuses provenientes de diversos destinos.

El terminal de San Antonio pasó a ser una de las rutas más solicitadas en los terminales del país. El terminal de transporte municipal pasó de tener seis rutas nacionales y cinco suburbanas a tener más de 60 líneas que recorrían Venezuela entera. Desde Caracas se ofertaba el pasaje Caracas – San Antonio y había que hacer filas para conseguir un boleto.

El peso sustituyo al bolívar en las transacciones comerciales que se realizaban y se realizan en el lado venezolano de la frontera, la cual se fue llenando de personas procedentes del centro y oriente del país. Los hoteles y residencias se colmaron. Hubo épocas en que muchos dormían en las calles .

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Todo ello ocurría a medida que la crisis económica se profundizaba en Venezuela, luego del cierre y reapertura de la frontera de Venezuela con Colombia. Muchos se establecieron en la frontera también por la facilidad del cobro de remesas del lado colombiano.

Cientos de migrantes internos se agolpaban en las calles de estas localidades, lo cual era particularmente visible en San Antonio. La avenida Venezuela de esta localidad se colmó de vendedores informales de diversos alimentos y las más variadas mercancías traídas de Colombia. También se ofrecían, con discretos pregones, servicios de traslados y de carga por pasos legales e ilegales.

Economía informal y pandemia

La economía informal en los municipios fronterizos de Táchira ha mermado drásticamente con el surgimiento de la COVID-19. El lugar que antes era una oportunidad para obtener mejores ingresos económicos, ahora representa para muchos el plan frustrado de salir del país o equilibrar su economía como migrantes pendulares.

En este contexto, aumenta la situación de vulnerabilidad de los niños y niñas que forman parte de esta migración interna, de este desplazamiento hacia la frontera con Colombia.

Los más pequeños deben afrontar las consecuencias de la interrupción de sus actividades escolares y de otras eventuales mudanzas. En algunos casos las pérdidas tienen que ver con la separación de sus padres y madres.

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