Colombia

Varada en la frontera, la historia de una docente que retorna a Venezuela

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Belkis Escobar sumaba 11 días varada en la frontera colombo venezolana. En La Parada, a 200 metros del puente internacional Simón Bolívar, esperaba turno para retornar a Venezuela. Más de mil personas migrantes y refugiadas viven el mismo calvario

Reporte Especial Proiuris

Alicia Pepe

Las últimas diez mañanas de Belkis Escobar han transcurrido en un andén de la autopista San Antonio. Las montañas del Táchira, que divisa al frente, le producen una momentánea serenidad. Ora en silencio para que llegue ese llamado de ingreso al Centro de Atención Sanitaria, en el puente de Tienditas.

Sobre la muñeca derecha de esta docente de preescolar cuelga una manilla de color rojo marcada en negro con el número 003. A través de este improvisado método las autoridades policiales y migratorias colombianas registran el orden de llegada de los venezolanos a la frontera, antes de su ingreso a las carpas habilitadas para resguardarse frente al riesgo de contraer COVID-19.

Son las 10:30 am y Belkis solo tiene en el estómago un café negro que le brindó otra venezolana. Nada más “por ahora y mientras consigo quien me dé algo de comer, porque dinero no tengo”, dice antes de contar lo que ha debido enfrentar para devolverse a su país.

Un viaje por sus nietos

Proveniente de Bogotá, el 26 de junio Belkis llegó a La Parada, en el municipio Villa del Rosario del departamento Norte de Santander.

La noche anterior había salido de la localidad de Chía, en el departamento de Cundinamarca. Salió en la tractomula (gandola) del amigo de un primo que la esperaba en Cúcuta. “Me encomendé a Dios y salimos. Tenía miedo porque no conocía a ese señor y tampoco sabía lo que me esperaba aquí”, relata.

Luego de 13 horas de viaje y 539 kilómetros recorridos, llegó a lo más cerca de Venezuela que podía. Belkis cuenta que no pudo dormir ni un minuto por el miedo que le causaban los precipicios de la cordillera oriental colombiana.

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Cientos de venezolanos esperan que las autoridades colombianas les permitan ingresar al Centro de Atención Sanitaria de Tienditas / Foto: Cortesía

A la 1:00 pm se reencontró con el puente Simón Bolívar, ese mismo que cruzó en febrero, apenas tres semanas antes de que se declarara emergencia sanitaria en Colombia por la COVID-19.

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Desde Acarigua, en el estado Portuguesa, llegó a Colombia con sus cinco nietos. Su hija los recibió al borde del puente. Desde Cúcuta viajaron a Chía, municipio vecino a Bogotá, en el que residen otros 8.000 venezolanos.

“Yo vine a visitarla y a traerle a los niños porque ella ya tenía mucho tiempo sin verlos, pero pasó todo esto. Gracias a Dios ella no perdió su trabajo, pero ahora los niños se tuvieron que quedar acá en Colombia, porque no quiso que me los trajera”, recuerda Belkis, varada en la frontera.

Lo más doloroso, la separación de la familia

La separación de las familias venezolanas es una de las mayores pérdidas que causa la huida del país por la emergencia humanitaria compleja. Ella jamás pensó que iba a dejar en Chía a sus nietos, a quienes ha ayudado a criar desde que nacieron.

39% de los hogares en Venezuela están encabezados por mujeres. “Hace diez años esta cifra se ubicaba en 29% y hace 20 años, en 24%, con lo que se observa una tendencia creciente en las jefaturas femeninas del hogar, lo que de entrada hace pensar en una mayor vulnerabilidad de las mujeres para atender la crianza y los cuidados del hogar”. Así se señala en el estudio Mujeres al Límite 2019, realizado por la Coalición Equivalencias en Acción.

La hija de Belkis entra dentro de estas estadísticas; incluso ella misma. En dicho estudio se identifican nuevos roles y responsabilidades de la mujer venezolana que huye del país y de los integrantes de la familia que se quedan en Venezuela.

“Las responsabilidades de cuidado y la toma de decisiones dentro de los hogares recaen en los hombros de las mujeres. El cuidado de la familia y la toma de decisiones ha venido cambiando a nuevas formas de expresión y prácticas como, por ejemplo, la maternidad a distancia o transnacional”, dice el estudio.

Varada en la frontera, Belkis tiene sentimientos encontrados: “En esta oportunidad la que dejó sus afectos fui yo. Pero debo regresar a Venezuela porque estoy en pleno proceso de jubilación con el Ministerio de Educación. Si yo hubiese sabido que iba a estar en estas circunstancias tan duras de espera para pasar a mi propio país, me quedo”.

Hacinamiento, hambre y riesgo de contagio

Ya la piel de esta venezolana de 61 años está tostada de tantas horas expuesta al sol cucuteño. Desde que está varada en la frontera, un árbol de oití, muy común en estas tierras de Norte de Santander, le ha brindado algo de sombra.

Ella, junto con otras mujeres que están a la espera de cruzar, han improvisado unos cambuches para pasar las noches. “Pensé que iban a ser menos días esperando, pero ya pasamos los 10 y sigo aquí aún sin pasar a Venezuela”, dice con impotencia. 

Belkis ha dormido durante una semana en el piso empolvado que han cubierto con cartón y plástico. Su primo, quien la había recibido, solo estuvo con ella un par de días. Él ya ingresó a Tienditas.

Belkis Escobar (a la izquierda) tiene 61 años de edad. Es docente de preescolar y necesitaba regresar a Venezuela para tramitar su jubilación / Foto: Cortesía

“Primero estábamos en el separador de la autopista, pero la policía nos pasó para el terreno donde estamos ahora (situado a un costado de la autopista de San Antonio. Ha sido un caos. Estar metido ahí da miedo por este virus. No hay agua para bañarse, para beber, para lavarse las manos, para nada”, cuenta angustiada.

Para comer, durante once días varada en la frontera, ha vivido de la caridad de los vecinos del sector y otras personas migrantes y refugiadas venezolanas que, como ella, se han visto obligadas a retornar a Venezuela; la mayoría, porque quedaron sin empleo para sobrevivir en Colombia.

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Belkis no se queda cruzada de brazos. Recolecta pedazos de leña y se los entrega a aquellos que tienen cómo comprar alimentos y se gana un plato de comida al final de la jornada.

“Es duro no tener qué comer, pero siempre Dios le da un pan de llevarse al estómago”, dice con fe.

La necesidad de asearse es otro problema con el que ha lidiado Belkis. Paga mil pesos al final de la tarde para ducharse: “Me quito todo el tierrero que uno come estando acá. Hay que ser aseados porque este virus se engrandece cuando no nos cuidamos. Sería terrible que caiga acá con tanta gente aglomerada”.

Ya su cara es conocida entre los vendedores formales, que no le niegan una taza con agua limpia para que se cuide del coronavirus. “Yo prefiero pedir agua, no me da pena, a tener las manos sucias, con las que se tocan tantas cosas, y correr el riesgo con ese virus”.

Pero no solo para bañarse debe pagar. Cada vez que necesita hacer sus necesidades fisiológicas, son otros 500 pesos. Siempre consigue cómo pagar. Sin embargo, comenta que hay migrantes que se lanzan al caño (paso de aguas servidas), porque no tienen ni 500 pesos en el bolsillo. Contiene las lágrimas y suelta: “De verdad esto es inhumano”.

Embudo humano

Cada día, a La Parada llegan aproximadamente 100 migrantes y refugiados venezolanos provenientes del interior de Colombia. Algunos caminando, otros en buses coordinados por Alcaldías de otros municipios y unos más en vehículos no autorizados (irregulares), de los cuales las autoridades colombianas de tránsito  ha detenido a 14 por movilizar a personas venezolanas sin la debida regulación.

El llamado retorno voluntario de los venezolanos es coordinando por Migración Colombia,  el Ministerio de Transporte y las entidades gubernamentales de cada departamento o municipio involucrado. Ya van más de 80.000 personas que han logrado regresar, de las cuales el 54% es hombres y 45% mujeres.

Víctor Bautista, secretario de Fronteras y Cooperación Internacional de la Gobernación de Norte de Santander, se ha referido a la situación: “Hay un represamiento de 1.255 migrantes y cada día llegan más con la intención de volver a Venezuela”

Hasta mediados de julio de 2020, ya son 5.500 migrantes los que han avanzado al centro de atención de Tienditas. Belkis, sin embargo, sigue varada en la frontera.

Con la pandemia en aumento en Norte de Santander, Bautista hizo un llamado a los migrantes y refugiados que aún permanecen en otras regiones de Colombia a no trasladarse a la frontera hasta tanto haya condiciones para atenderlos debidamente en el centro sanitario de Tienditas.

Pero sin la posibilidad de trabajar y de cubrir arriendo, alimentación y servicios, otros 30 mil migrantes podrían continuar en su viaje de retorno a Venezuela. Así podría ser hasta enero del 2021, según pronósticos de Migración Colombia.

Belkis, varada en la frontera, seguía esperando turno para retornar a Venezuela. Probablemente vendió su teléfono celular para comprar comida y juntar algo de dinero para llegar a su casa en Acarigua. Después de once días de acompañamiento, Proiuris no pudo volver a establecer contacto con ella.

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