Colombia

Veinte días acuartelados antes de retornar a casa

La travesía comenzó en Bogotá, donde Jairo Roa trabajaba como cantante en espacios públicos que, por la COVID-19, ya no podrían servirle de escenarios. Después de cruzar la frontera estuvo confinado  en establecimientos administrados con rigor militar 

Reporte Especial Proiuris

Jackelin Díaz

“Las cosas se harán a mi manera, nadie los mandó a salir del país”. La advertencia del militar que administraba el segundo “refugio” donde estuvo confinado le indicaba a Jairo Roa que el último trecho antes de llegar de regreso a su casa en Rubio, estado Táchira, podía ser el más rudo.

Este hombre de 28 años de edad migró a Colombia hace año y medio. Trabajaba como cantante en espacios públicos  de Bogotá que se vaciaron con la pandemia de la COVID-19. Sin nadie en las calles que lo escuchara cantar, se quedó sin dinero y decidió regresar a Venezuela.

Dice ser consciente de que las pésimas condiciones de vida en Venezuela por las cuales huyó del país han empeorado. Sin embargo, agrega que en Rubio tiene una casa propia y que allí  lo esperaba su abuela de 79 años de edad, que lucha contra el cáncer desde hace cinco años y está en fase terminal. 

Según las autoridades de Colombia, el número de venezolanos en ese país se ha reducido por primera vez en cinco años. En febrero de 2020 había 1.825.687 y en marzo la cifra había descendido a 1.809.872. Hasta el pasado 26 de mayo, habían retornado desde Colombia 66.492 migrantes venezolanos.  Jairo es uno de ellos.

Anotaciones de un diario

El viaje desde Bogotá a Cúcuta se demoró seis días. Jairo cuenta que el trayecto del autobús donde se trasladaba fue interrumpido por las autoridades colombianas. Lo acompañaban decenas de venezolanos que también se quedaron sin formas de sobrevivir en Colombia.

Al pisar suelo venezolano, Jairo comenzó a escribir un diario y compartió con Proiuris algunas de sus anotaciones…

“El 29 de abril logramos cruzar el Puente Simón Bolívar a las 10:30 am. Nos hicieron pasar por  una cámara de desinfección. Luego llegamos a un puesto de la Guardia Nacional Bolivariana y un oficial nos tomó la temperatura. Allí registraron nuestros datos personales y nuestras huellas dactilares. Creo que también chequearon si teníamos antecedentes penales, porque  una muchacha que viajaba conmigo, era sargento de la guardia, pero no salía en el sistema con su baja, sino como desertora. 

“Minutos después, nos tomaron una foto sin tapabocas. Solo mostrando la cédula y poco más abajo de la cara. Me pidieron mi cédula y me asignaron un papel con un número. Nos dijeron que sin él no podíamos salir.

“Luego pasamos a la parte médica para la prueba de test rápido de la Covid-19. El procedimiento consiste en obtener una pequeña muestra de sangre del dedo. Salí negativo. Nos inyectaron una vacuna. Afuera nos esperaban unos buses que me traerían al terminal de San Antonio.

“Eran las 5:40 pm cuando salí de aquel lugar.  Esa noche me tocó dormir en el piso”.

Después de cruzar la frontera los concentraron en el terminal de pasajeros de San Antonio /Foto Jairo Roa

A punta de fusil y arepa

La Policía Nacional Bolivariana (PNB) condujo a Jairo y a los demás viajeros hasta una escuela en la parroquia El Palotal, en el municipio Bolívar de Táchira. Roa describe el lugar, habitualmente usado para impartir clases a niños, niñas y adolescentes, como un cuartel militar. Cuenta que uniformados de verde impartían órdenes con fusil en mano.

“Cuando nos pasaron a la cancha hicimos tres filas, una por cada estado, para llegar a unas mesas con funcionarios policiales. Éramos alrededor de 200 personas y estábamos divididos por tres estados: Mérida, Trujillo y Táchira”, relata el joven.

Las arepas rellenas con sardina o atún se repetían en el desayuno y en el almuerzo / Foto Jairo Roa

Precisa que había un área restringida llamada “Área 51”. Era un espacio aparte donde permanecían los médicos para atender cualquier eventualidad.

El viernes 1° de mayo fue su primer día completo en el refugio de El Palotal. Dice que en la mañana desayunó una arepa con sardina. El almuerzo era más variado: arroz o pasta y lentejas y, a veces, pollo y plátano sancochado. Para la cena, otra vez arepa con sardina o atún.

Pasta con lentejas, uno de los almuerzos que recibió Jairo Roa mientras estuvo confinado / Foto Jairo Roa

Pablo Hernández, nutricionista e investigador del Observatorio Venezolano de la Salud, explica que el tipo y cantidad de alimentos que indica Jairo constituye una dieta deficiente, poco equilibrada y que puede provocar la inmediata pérdida de peso.

“Este hombre estaría consumiendo solo 1.122 calorías por día, cuando lo recomendado es que un hombre de entre 30 y 59 años consuma 3.000 calorías diarias”, explicó Hernández.

La buena convivencia entre desconocidos duró poco, recuerda: “Algunas personas empezaron a robar. Se trataba de una camisa y unas botas. El segundo robo se trató de un par de celulares y 200.000 pesos colombianos. Nunca aparecieron”.

El domingo 3 de mayo comenzó a escasear el agua. Luego del desayuno, rememora Jairo, llegaron médicos que aplicaron test rápidos, todos los cuales dieron resultados negativos para Covid-19. 

A veces el almuerzo incluía una pieza de pollo / Foto Jairo Roa

El día transcurrió con normalidad hasta las 6:30 pm cuando circuló la noticia de que saldrían de ese lugar esa misma noche. Los funcionarios militares y policiales les que acomodaran las maletas y dejaran todas las aulas en orden.

Minutos después encendieron la bomba de agua para que todos se bañaran antes de salir.

Sin embargo, las horas pasaron y no sabían cuándo sería el momento de marcharse. A la medianoche, les comunicaron que el traslado se efectuaría en la mañana del día siguiente. 

A los brazos de la abuela

A las 7:00 am del lunes 4 de mayo llegaron los autobuses a la escuela de El Palotal. Primero embarcaron a los de Mérida y Trujillo y, por último, a los de Táchira. Jairo cuenta que todos se alegraron porque volverían a sus hogares. Eso creían. 

Antes de subirse a los autobuses, un sargento de apellido Carmona se dirigió a los refugiados. “Las cosas se harán a mi manera, nadie los mandó a salir del país”, dijo el militar. Seguidamente, notificó que el autobús se dirigía a San Cristóbal donde tendrían que someterse a otro filtro y a otra cuarentena. “Por seguridad”, dijo el sargento Carmona.

En autobuses de transporte público fueron traslados del primero al segundo de los lugares de confinamiento / Foto Jairo Roa

El segundo lugar de confinamiento donde estuvo Jairo fue la sede del Instituto Nacional del Deporte, ubicada en Pueblo Nuevo, municipio San Cristóbal del estado Táchira.

Esta vez separaron a los hombres de las mujeres y niños y niñas; pernoctarían en espacios diferentes.

El martes 5 de mayo permitieron que familiares llevaran comida y artículos de higiene a los confinados. Todo era rigurosamente revisado por policías y militares, como en las prisiones.

El jueves 7 de mayo el desayuno lo sirvieron a las 10:00 am, un poco más tarde de lo normal. Esa vez les dieron dos arepas, algunas con atún y otras con pollo. Jairo recuerda que el relleno no llegaba a los bordes de las arepas.  

“A diferencia de los de otros estados, nosotros los ‘gochos’  teníamos muchísima más seguridad. Algunos amigos de viaje que estaban Barinas me dijeron que los tenían en la villa deportiva y que sólo los cuida un vigilante. En Caracas los tenían en hoteles, en el Zulia también. Pero quién sabe por qué tanta seguridad para nosotros”, comenta el hombre.

Al día siguiente, Jairo se enteró de que un grupo de personas serían trasladas a sus hogares. Antes de salir les realizaron test rápidos para descartar Covid-19. Sin embargo hubo cinco resultados positivos. La paranoia cundió en el lugar. 

En la sede del IND, en Pueblo Nuevo, permanecieron bajo estricta custodia militar. Foto Jairo Roa

Luego de las 2:00 pm, llegó un médico infectólogo para hacer nuevas pruebas. Esta vez cuatro resultados fueron negativos y uno positivo. Sin embargo, pronto se sabría que se trataba de otra enfermedad diferente a la COVID-19. El joven que había dado positivo fue retirado del refugio en una ambulancia hacia un hospital, donde le realizarían exámenes más exhaustivos. 

Un poco después le repitieron las pruebas a los sospechosos y está vez arrojaron todos negativo.  Entonces, volvió la esperanza de que, finalmente, cesara el encierro.

Las 17 personas que iban al municipio Junín, incluyendo a Jairo, fueron las primeras en salir de la sede del IND de Pueblo Nuevo. Llegó a casa, a salvo, para materializar lo que había soñado tantas veces durante los 20 días que estuvo confinado: un abrazo de su abuela.

«Por algo Dios nos está enviando a nuestros pueblos de nuevo. Nada pasa por casualidad», exclamó Jairo.

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