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La agotadora lucha de los venezolanos por una visa

A diario, decenas de venezolanos hacen colas en los consulados de Perú, Ecuador y Chile en Caracas para obtener las visas que requieren esos países para ingresar a sus territorios. El equipo de Proiuris recorrió las sedes diplomáticas para contar las historias de los que huyen del país
Reporte Proiuris
Alejandro Romero

Perú, Chile y más recientemente Ecuador son los países que han implementado un visado de carácter “humanitario” como requisito imprescindible para el ingreso a sus territorios de  los venezolanos que huyen de la emergencia humanitaria compleja en el país. Proiuris se acercó a las tres sedes consulares para conocer el testimonio de quienes tramitan estos documentos.

Perú

Ámbar Silva, de 40 años de edad, es una madre soltera que tomó la decisión de irse a Perú hace un año. Trabajó en Lima y pudo ahorrar para regresar a Venezuela con el propósito de  llevarse a sus hijas de vuelta a Perú.

“Me fui por las condiciones de vida a las que me enfrentaba en Venezuela. No podía sustentar dignamente a mis hijas. Llegué a convertirme en vendedora ambulante y eso fue un punto determinante para mí”, aseveró.

Dijo que en Venezuela trabajaba en un casino, pero tuvo que cambiar de oficio para poder cubrir sus necesidades. “Fui crupier y luego vendedora ambulante en las calles de Maracay. Vendía chocolates, chupetas, cualquier cosa que me diera para subsistir”, señaló.

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Mientras estaba en la cola del consulado de Perú para tramitar la visa humanitaria para sus niñas de 11 y 13 años respectivamente, Silva advierte que es necesario tramitar otros documentos y es difícil y costoso.

Pagó a un gestor 300 dólares (equivalentes a 150 salarios mínimos en Venezuela) para obtener la carta de soltería, la certificación de antecedentes penales y las partidas de nacimiento. Racionaliza el costo: “es un precio pequeño por un mejor futuro para mis hijas”.

En Venezuela trabajaba como crupier en un casino, sin embargo, se sintió obligada a cambiar de oficio para poder cubrir sus necesidades. “Fui Crupier y luego vendedora ambulante en las calles de Maracay. Vendía Chocolates, chupetas, cualquier cosa que me diera para subsistir”, señaló.

Ámbar Silva relata su experiencia migratoria

Aún cuando nunca se había planteado salir de Venezuela a buscar una mejor calidad de vida, a medida que su situación empeorar, una persona cercana a ella radicada en Perú le abrió las puertas de su casa.

“En Perú solo tenía un conocido, solo eso. Un día me desperté y tomé la decisión. Vendí todo, solo dejé la cama de mis hijas. Estaba desesperada”, aseveró.

Pagó el pasaje en autobús con los ahorros que tenía. Esperó 12 horas en la frontera colombo-venezolana para que le sellaran el pasaporte, y otras 10 horas en Rumichaca, el paso fronterizo entre Colombia y Ecuador. En la frontera con Colombia, tuvo que pagarle  25 dólares a una persona que “agilizaba” el trámite fronterizo. Explica que, de no haber pagado, habría tenido que esperar muchas horas más.

Fila para tramitar la visa humanitaria en el consulado de Perú

“Fueron siete días sufriendo frío y trabajo para llegar a Perú. Había momentos en que no tenía dinero, ni siquiera para comer. Sin embargo, por otro lado, fue gratificante, porque hice amistades muy buenas y descubrí el lado más solidario de las personas venezolanas”, afirmó.

Esta sensación de gratitud sería perturbada una vez que llegó a Lima, donde la incertidumbre económica volvió. “Se me hizo difícil la integración al mundo laboral. Nuevamente comencé a vender helados y tortas en los autobuses para poder subsistir”, recordó.

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Siguió en la búsqueda de mejores trabajos. Se empleó como mesera en un hostal, donde le pagaban 1500 soles al mes (450 dólares), lo que eventualmente le permitió ahorrar para poder adquirir un pequeño local donde ahora vende accesorios electrónicos: “No he dejado de trabajar y ahora tengo mi propio negocio. Gracias a Dios pude progresar rápido”.

Ámbar Silva recomienda a los venezolanos que huyen del país enfocarse en el trabajo para que puedan salir adelante. “Si uno quiere hacer las cosas bien, tenemos que regirnos por las reglas del país al que vamos, nos guste o no, aún si eso implica tramitar una visa humanitaria”, aseveró.

Ecuador

Nicole Velasco, estudiante de 17 años, quiere migrar a Guayaquil a encontrarse con su madre. “Aquí la situación es difícil. Vivo con mi papá pero tengo un año sin ver a mi mamá que está en Ecuador. Si ella no estuviese allá no sé en qué condiciones estaría , aseveró.

La mamá de Nicole pudo regularizar su situación migratoria a través de la visa de residencia. Antes de partir de Venezuela, pudo consignar y apostillar todos los documentos requeridos para este trámite.

Fila para subir al consulado de Ecuador

Frente al Consulado de Ecuador, donde aguardaba su turno para ser atendida, la adolescente explica que escogió Ecuador como destino migratorio  porque su familia Velasco tuvo como vecinos a una pareja de ecuatorianos con la cual “siempre fueron muy atentos”. Fueron ellos quienes años más tarde le ofrecerían a la mamá de Nicole un lugar para vivir en Guayaquil.

Ella había planificado el reencuentro con su hija para el mes de septiembre del año en curso, pero el plan resultó truncado tras la entrada en vigencia del decreto 826, el 26 de agosto, que exige una visa de condiciones “humanitarias” para que los ciudadanos venezolanos puedan entrar a Ecuador.

“Para mí este trámite ha sido difícil, tengo que movilizarme sola y esta es la cuarta vez que vengo al consulado. No dejan entrar a las personas, ni para dar información, dicen que todo está en la página web”, lamentó.

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Mientras la muchacha conversaba con Proiuris, dos oficiales de seguridad del consulado se limitaban a entregar un papel con las instrucciones para acceder a la página web a las personas que solicitaban información acerca de la visa humanitaria.

Los vigilantes del consulado de Ecuador entregaban papeles que remitían a la página web de la sede consular

A pesar de esto, ese día finalmente logró vencer el obstáculo y aclarar las dudas acerca de cuáles documentos le hacían falta. Muchos de estos trámites ya los había completado, no obstante, ratificó que en su condición de menor de edad, requerirá de un permiso apostillado por parte de su madre, el cual aún no posee.

“Todo el proceso de los trámites lo he llevado yo, pero gracias a Dios mi mamá tiene una amiga que es abogada y ella me ha ayudado muchísimo sin costo alguno. Tengo entendido que todo es muy caro”, acotó.

A pesar de que la madre llegó hasta Ecuador en  autobús, la familia Velasco no está dispuesta a correr los riesgos de un viaje por tierra que “es muy peligroso”. Están ahorrando para que la joven pueda viajar en avión hasta Guayaquil.

“Pienso como están las cosas en Venezuela y a veces quiero llorar. Pensar que me voy a ir y quizá no regrese nunca más me da mucha más tristeza”, expresó.

Mientras unos quieren irse, otros claman regresar

Rafael Quintero de 43 años también aguardaba frente al Consulado de Ecuador para ser atendido, pero a diferencia de Nicole Velasco, su interés por obtener la visa humanitaria que exige el país, radica en cumplir con los requisitos para continuar su viaje a Perú, donde vivió un año y aún conserva pertenencias que quiere vender para regresar definitivamente a Venezuela.

Califica de “terrible” su experiencia migratoria: “Me fui porque mi hija de 24 años se iba de Venezuela a Chile y yo la quise acompañar. Me dejó en Perú trabajando junto con mi nuero y siguió su camino”.

Rafael Quintero tiene intenciones de volver a Venezuela

“Quiero ir a Perú para vender mis cosas y venirme a Venezuela. Allá te discriminan, te ven como si fueses un muerto de hambre. Nosotros tratamos bien a todo el mundo”, afirmó con una sonrisa.

Durante el tiempo que estuvo en Lima, Quintero trabajó de vigilante durante 12 horas los siete días de la semana. Este oficio le permitió ahorrar lo suficiente como para volver a Venezuela.

“Nosotros vimos que la crisis estaba cada vez peor y lo que hicimos fue salir corriendo. El gobierno no va a cambiar el país; nosotros tenemos que hacerlo. Creo que la mejor forma es a través del trabajo, como han hecho los otros países latinoamericanos”, señaló.

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Quintero aseguró que si no puede tramitar los requisitos para la visa humanitaria  intentará cruzar por una trocha. Pero, inmediatamente, recapacita:  “Nada como dormir tranquilo en tu país”.

Chile

Clemente Almérida, de 60 años de edad, viajó de Maracay al Consulado de Chile en Caracas para tramitar la “visa de responsabilidad democrática” que exige ese país, donde desde hace tres años vive su hijo. Estando allí se enteró que el trámite le fue negado.

Explicó que su hijo se fue de Venezuela porque un día salió a comprar plátano para comer y lo robaron. “Él se hartó de la delincuencia, se hartó de comer solo plátano, quería buscar una vida mejor”, declaró Almérida.

Actualmente su hijo tiene una situación migratoria regularizada y un trabajo estable. No obstante, asegura que a pesar de todo, él no se iría de Venezuela. “A mi hijo se le hace más cómodo que yo vaya para allá pero a mi me gusta mi país”.

Desconcertado frente a la negativa del consulado chileno, contó que tiene su familia desperdigada por varios países: su esposa vive en Estados Unidos, una  hija en Colombia y un hijo en Chile. “Aquí estoy solo”, dice con pesar.

Por su parte, Ricardo Piar de 45 años de edad, tiene planeado vender el  taller mecánico que posee en Coche. Aspira a migrar a Santiago con su familia, a donde los espera una cuñada.

A Piar también le fue negada la visa de responsabilidad democrática y el consulado no le dió razones que le resultaran convincentes: “Las visas son una traba, en efecto, y aunque me haya sido negada seguiré intentando tramitarla”.

Piar es licenciado en administración, y aunque ha ejercido su profesión durante años, reconoce que cuando llegue el momento de emigrar, no tendrá problema alguno con realizar un oficio de cualquier índole.

“Aquí en Venezuela siempre le dimos mejores puestos a los extranjeros y eso nunca fue justo para nosotros. Lo natural es que le den plaza a los nacionales primero y luego a los venezolanos. Así debieron funcionar las cosas aquí”, opina.

“Hay personas que agarran tres cosas, se las montan en el hombro y salen. Esas personas pasan más trabajo al salir. Yo tengo dos años planificando mi ida del país. Sé que en el camino tendremos contratiempos. Pero no queda otra opción, pues en Venezuela no puedo brindarle a mi hija las oportunidades que yo tuve”, concluyó.

 

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