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Claudio Orrego y la no violencia activa para recuperar la democracia

El líder opositor a la dictadura de Pinochet, de visita en Caracas, advirtió que la documentación de las violaciones de derechos humanos, aún en medio del autoritarismo, es imprescindible a efectos de la justicia transicional
Reporte Proiuris
Alejandro Romero

«Nada enseña más que la calle», afirma Claudio Orrego. Y esa mañana del 6 de septiembre, el que fuera dirigente estudiantil durante la dictadura de Augusto Pinochet en Chile, había visitado barrios de La Vega para conocer más de cerca cómo se vive en Caracas y en Venezuela. En la tarde, el político de 52 años de edad disertaría sobre la lucha para recuperar la democracia.

Orrego estuvo en Venezuela invitado por las organizaciones Diálogo Social y la Red de Activismo e Investigación por la Convivencia (Reacin) para compartir su experiencia sobre la transición en Chile.  «Para mi primero era el compromiso con los pobres, con las causas sociales. Luego vino lo demás». Ese resto sería los cargos públicos que desempeñó luego de la recuperación de la democracia en Chile: alcalde del municipio Peñalolén y gobernador de la Región Metropolitana de Santiago.

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Tres momentos

Licenciado en Derecho por la Universidad de Chile, Orrego encausó su vocación política en las filas del Partido Demócrata Cristiano. Cuenta que hubo tres momentos claves en lo que él define como “la formación de su conciencia como político”.

El primero fue cuando tenía 7 años. Tuvo que salir de su casa escondido en la madrugada porque su padre, también político, estaba amenazado de muerte por ser opositor al gobierno de Salvador Allende.

«En Chile pasamos de ser adversarios a ser enemigos. Pasamos de tener una democracia deficiente a odiar la democracia. Era una situación política y social crítica”, destacó.

Orrego destaca que para ese momento la sociedad chilena había perddo la capacidad de encuentro democrático entre partidos y clases sociales. La consecuencia directa de esto, en su opinión, fue el golpe militar de 1973.

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A sus 12 años, un día en el que la familia se encontraba en casa, sufrieron un atentado de incendio. A pesar de que nadie resultó lesionado, la cicatriz emocional que dejaría en Claudio afianzaría su deseo de justicia

«Mi padre fue opositor a Allende y luego lo fue a Pinochet. Por publicar un libro en dictadura, que denunciaba la grave violación de los derechos humanos de un canciller del gabinete de Allende que fue asesinado, trataron de quemar nuestra casa»

En 1983, a sus 17 años de edad, Orrego tuvo más certezas sobre su misión como líder de la transición en Chile. La revelación llegó mientras leía un artículo escrito por un jesuita que relataba como un grupo de personas que protestaban frente a una casa de tortura de la Central Nacional de Inteligencia eran reprimidas.

Lo que más llamó la atención de Orrego fue como los manifestantes ejercían el principio de la no violencia activa como forma de protesta: “Cuando los reprimían era cuando más se unían; no devolvían la violencia, rezaban o se ponían a cantar. Fue revelador”.

Fue en este punto donde Orrego se impuso la tarea de recuperar la democracia que la generación de su padre había perdido. Sin embargo, él lo haría a través de la paz y la democracia.

«Al ver esto fue cuando dije que yo no quería la dictadura, pero que tampoco quería la violencia. No quise creer que los pacíficos eran cobardes, porque, con ese ejemplo, entendí que eran valientes», afirma.

Luego de esto Orrego se unió al Movimiento Contra la Tortura Sebastián Acevedo desde el 83 al 90, hasta que se restauró la democracia en Chile. «Para mí la democracia y el respeto a los derechos humanos es fundamental. Está por encima de todo, por eso le he dedicado mi vida”, reitera.

La otra clave: la unión

Orrego relata que el reencuentro de los demócratas en Chile fue posible a través de la unión de personas que pensaban muy distinto, pero que sobreponían la paz a sus intereses personales.

En 1983 comienza la movilización social y política del país para restaurar la democracia y se funda la Alianza Democrática (AD), como una coalición que agrupó a las facciones opositoras, exceptuando al partido comunista que había optado por el camino de la violencia y las armas.

Años antes la iglesia católica chilena había creado la Vicaría de la Solidaridad, que se encargaba de documentar todas las denuncias de violaciones a los derechos humanos y, en particular, las desapariciones forzadas. Sobre esta institución Orrego comenta: “La justicia transicional de Chile ha sido efectiva porque empezamos a hacer demandas y documentar las violaciones al día siguiente del golpe. A pesar de que la justicia –el aparato judicial de Pinochet- estuviese del lado del régimen, nunca paramos de denunciar”, aseveró.

Orrego comenta que fue durante estos años cuando el pueblo chileno aprendió a superar sus diferencias para así conciliar una facción unida que pudiera hacer frente al régimen militar.

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En 1986 se crea la Asamblea de la Civilidad que promovía la movilización social, indistintamente del partido político, para concertar soluciones democráticas desde la sociedad civil.

“A finales  de ese año se produce el atentado en contra de Pinochet y al mes se descubre que el Partido Comunista tenía armamento facilitado por la Unión Soviética. Esto fue un gran desacierto en el camino que llevábamos recorrido como oposición”, destacó.

Orrego asegura que la violencia de parte de una facción de la oposición no aceleró la caída del régimen sino la detuvo.

Al año siguiente la iglesia convoca a  ambos bandos al Acuerdo Nacional, donde participó un partido afín a Pinochet. Para Orrego, este acuerdo no representaría mucho en la práctica, pero “sentaría las bases de lo que sería la transición la democracia”.

La salida electoral

En el año 1988 se convocó el plebiscito para que el electorado decidiera sobre la permanencia de Pinochet en el poder. Orrego señala que en ese entonces se produce una gran interrogante: ¿Valía la pena participar en unas elecciones propuestas por un régimen militar?

“Se planteó un debate importante y polémico en todo el país. No había libertades políticas ni garantías electorales. El que proponía participar en el plebiscito era visto como un traidor. Sin embargo, pero para muchos esta era la única vía”, aseveró.

Orrego relata que se abrió una gran oportunidad cuando un tribunal estableció que los registros electorales debían elaborarse antes de las elecciones, y no después, como Pinochet originalmente había propuesto. No obstante, aclaró que “para el dictador esto no fue un impedimento, puesto que solo existía un registro civil y él estaba seguro de que seguiría en el poder”.

“Se produjo una campaña nacional para el registro electoral. Se une la concentración de partidos políticos por el no y la sociedad civil. Masivamente se alimenta la idea de que era posible conseguir la democracia con el plebiscito. Para mi generación, que nunca había votado ni participado en una elección, fue un acontecimiento revolucionario”, recuerda Orrego.

Se inscribió 98% de los chilenos en edad hábil para votar. Fue el resurgimiento de la tradición democrática en Chile y los chilenos parecían entender que podían hacerlo a través de mecanismos democráticos.

Orrego hace hincapié en que durante todas las etapas en las que vivió durante la dictadura militar, siempre creyó en la paz y en la democracia, a pesar de que la conoció después de sus 20 años de edad

En la tertulia con los venezolanos interesados en la experiencia chilena, advirtió que no hay métodos automáticamente extrapolables de un país a otro: “No pretendo dictar una cátedra, todos los países son diferentes. Solo puedo decir mi percepción es que el camino no es la violencia”.

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