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Faltan curas y sobran camas para los niños quemados del J.M. de los Ríos

La exposición a bacterias, las fallas del Servicio de Nutrición y la falta de medicamentos retarda la sanación de los niños que están internados en la sala de hospitalización de Caumatología. Aunque la unidad tiene capacidad para seis solo tres permanecen internados
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Betania Franquis Prada

Con tres cunas vacías y una pared plagada de filtraciones funciona a medias la sala de hospitalización de la unidad  de Caumatología en el Hospital José Manuel de los Ríos. Aunque tiene capacidad para atender a seis niños sólo tres están hospitalizados, pues el resto permanece en la unidad de Emergencia compartiendo espacio común con pequeños afectados por otras patologías

El proceso de cicatrización de una lesión por quemadura es difícil. Los niños internados  en el piso seis del centro pediátrico con quemaduras de segundo y tercer grado padecen las complicaciones derivadas de la exposición a las bacterias y la falta de antibióticos e insumos. Las deficiencias nutricionales se suman a la larga lista de factores que ralentizan la sanación de las heridas.

Sobran las camas y faltan los cupos

El primero de diciembre Joiber Guarraco de cinco años de edad cumplirá dos meses hospitalizado en el J.M de los Ríos. Aunque quiere regresar a su casa para esperar la llegada del  Niño Jesús tendrá que permanecer otros 43 días en la sala de terapia intermedia del centro asistencial, junto a otros dos pequeños. Tiene el tórax, el pecho, la barbilla y los brazos quemados con lesiones de segundo grado.

Su madre Mary Correa, cuenta que el niño se incendió al manejar gasolina mientras jugaba en su casa junto a su hermano mayor, el 27 de septiembre. Aunque corrió a ayudarlo 30% del cuerpo de su hijo estaba cubierto en llamas cuando llegó al cuarto. Desesperada recorrió durante varios días ocho hospitales de Caracas en busca de atención médica, en ninguno de ellos obtuvo respuesta. “Me decían que no había ni cupo ni equipos para atender a mi hijo. Que nada podían hacer por él” explica.

En el J.M. no le dieron muchas esperanzas. Quienes evaluaron a Joiber en el área de Emergencias argumentaron que las quemaduras no eran graves y que lo único que podían hacer era hidratar al pequeño. Pese a la negativa de algunos médicos, Correa insistió en que su hijo recibiera los cuidados necesarios.

De esa forma y con la ayuda de otras madres el niño ingresó a cuidados intensivos y un mes después obtuvo cupo en la sala de hospitalización de Caumatología. “Se negaban a darme un cupo cuando aquí arriba hay camas vacías. En Emergencia hay niños quemados que aún no han sido admitidos en este servicio. Trabajan para quien les da la gana”.

Dos cunas permanecen desocupadas en la sala de hospitalización mientras los niños con quemaduras colapsan la unidad de Emergencias, aseguran las madres

Han transcurrido casi dos meses desde que Joiber ingresó y muchas de sus heridas no han sanado. Aunque los vendajes son retirados y limpiados a intervalos de un día, la mejoría ha sido lenta. La falta de soluciones especiales para retirar los apósitos y el adhesivo dificultan la sustitución de los parches y laceran el tejido cicatricial piel del pequeño. “Cada curación es una tortura y no veo mucha mejoría. Parece que involuciona y lo tratan como a un animal. Este tratamiento no le ayuda a mejorar y aun así no se lo cambian”.

Correa relata que al principio compraba todos los insumos y materiales que su hijo requería. Ahora sólo adquiere desinfectantes para limpiar el baño, crema hidratante, antialérgico y protector solar. El tratamiento con Cefacidal y Ketoprofeno es suministrado por el hospital desde hace  algunas semanas, cuando llegó un cargamento de medicamentos. “Es el único tratamiento que le dan a los niños, pero se lo ponen cuando quieren y a veces no se cumplen con el protocolo” enfatiza.

Más que solicitar la dotación de fármacos, Correa insiste en que el hospital debe mejorar el servicio de nutrición. Los niños hospitalizados, sin importar la patología, solo comen una ínfima ración de proteína en el desayuno en una arepa con pollo mechado. El menú del almuerzo es menos variado: caraotas o lentejas con arroz. Las raciones de comida con carne o vegetales llegan como donativos a través de varias fundaciones que prestan colaboración dentro del hospital. “Hasta hace unas pocas semanas daban un vaso de leche pero ya ni eso”, asegura la madre de Joiber.


Los niños hospitalizados comen poca proteínas y mucha harina y granos

Siete meses, tres bacterias y un injerto

Una densa capa de vendajes cubre la cabeza, el tórax y los brazos de Fernanda Terán, de ocho años de edad.  Su caso es conocido por todos en el piso seis. El viernes 23 de noviembre le colocaron su primer injerto de piel luego permanecer siete meses internada con quemaduras de segundo y tercer grado en 40% de su cuerpo.

La niña entró a la terapia intensiva del hospital en mayo. Se quemó de forma repentina cuando su padre, quien se desempeña como mecánico, le pidió que le alcanzara un frasco de gasolina, sin percatarse de que ambos estaban cerca de la cocina encendida. Al verter el líquido en sus manos el hombre se incendió. Las llamas que se propagaron por el sitio alcanzaron el pecho, la cabeza y la espalda de Fernanda, quien resultó afectada con daño profundo en los tejidos.

Aunque está esperanzada con retomar su vida cotidiana el camino para ser intervenida no fue fácil. Durante varias semanas Fernanda lidió con tres bacterias que contrajo en el hospital mientras se encontraba sin tratamiento antibiótico y aún convaleciente de sus heridas por quemadura con fuego directo.

De todos los procesos infecciosos que padeció el más severo fue el causado por la fascitis necrotizante, una infección bacteriana conocida como la “comercarne” que destruye los tejidos blandos y que puede ser mortal. Los microorganismos asociados a la enfermedad son la klebsiella, el estreptococo, la escherichia coli y el staphylococcus, presentes en lugares insalubres y con poca ventilación.

La bacterias generadas por la humedad han desconchado las paredes de la sala de hospitalización de Caumatología 

Xiomara Porra, abuela de la niña, explicó que cuando Fernanda se contaminó los médicos no le informaron la causa del contagio ni le dieron mayores explicaciones: “Creemos que pudo contaminarse a través del tanque de agua o por el aire. Nos se nos dio ninguna información al respecto”.

Desde que contrajo las bacterias Fernanda se encuentra asilada en una pequeña habitación contigua a la sala de hospitalización de Caumatología, donde proliferan otras bacterias provenientes de la humedad y las filtraciones. Para erradicar la infección recibe por vía intravenosa meropenem y vancomicina, dos antibióticos que no se encuentran en el hospital.

 “Mi hija compra esos medicamentos en dólares a través de un amigo que viaja al exterior. Es la única forma de obtenerlo porque aquí no lo hay”, indica la abuela. Además de los antibióticos la familia Terán adquiere todos los insumos básicos, desde los guantes hasta el algodón.

Necesita un injerto y la tienen en “veremos”

Flor María Ayala mantuvo la esperanza de volver a casa junto a su nieta hasta el lunes 26 de noviembre. Ese día los médicos le notificaron que la niña de seis años había involucionado. “No me explico que pasó. Sus heridas estaban sanando y ahora me dicen que las tiene en carne viva”, dice la mujer.

La nieta de Ayala, Jessica Briceño, lleva dos meses y medio internada en la unidad de hospitalización de Caumatología con quemaduras de segundo y tercer grado en el tórax, el abdomen y la espalda. Flor María, oriunda de Caucagua, cuenta que la niña se quemó el 25 de julio con un mechero que había en la casa. “Ese día se fue la luz en el sector donde vivimos y ella tomó el mechero para iluminar su cuarto pero el fuego le agarró la ropa y se quemó”, recuerda.

Jessica lleva más de seis semanas esperando por recibir un injerto para que sus heridas puedan sanar y así volver a casa

La sanación de la niña ha sido compleja por la profundidad de las lesiones. En uno de los costados, Jessica tiene la quemadura más profunda con una herida que sigue abierta y que necesita tejido para cicatrizar. “Me han dicho que requiere de un injerto pero me dicen que debo esperar. Que ella involucionó y debe quedarse más tiempo. No sé hasta cuando debemos estar aquí”, precisa la abuela.

Ayala vive de la pensión y no trabaja actualmente. Con el poco dinero que percibe solo puede comprarle a su nieta el protector solar y las cremas humectantes. La alimentación de la niña también depende del hospital: “Aquí solo come caraotas y arroz. Eso es que deben evaluar. Los niños y las madres pasan hambre. Solo las fundaciones se ocupan de ayudar cuando pueden hacerlo”.

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