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Los que se quedan (V) | “Fue muy triste ver cómo, uno a uno, migraban sin la intención de volver”

Verónica González, de 60 años de edad, vio partir a gran parte de su familia, al menos a los más cercanos. La soledad forma parte de su vida, aunque la tecnología le ha permitido presenciar lo que, sin ella, jamás hubiera podido hacer: ver crecer a sus sobrinos

Reporte Proiuris
Arturo Guillén

Agosto de 2018. Un quiste sebáceo infectado amenazaba con llegarle al pulmón. El seguro no le cubría la operación y se necesitaban de los requerimientos mínimos para poder realizar la intervención: un anestesiólogo, el cardiólogo que diera la orden y, por supuesto, la disponibilidad del quirófano. Todo ello ameritaba un coste imposible de cubrir para ella. Verónica González, de 60 años de edad, y quien nunca tuvo hijos, temía lo peor.

Una casa, en Montalbán, la recibe con un ambiente carente de calor humano. Tiene una llamada en su teléfono vía WhatsApp. El rostro de su hermana se refleja en la pantalla y atiende. Ella había migrado en 2016 a Italia por la situación de Venezuela, además de que el hijo emigró hace cuatro años a ese país y necesitaba estar con él. Ambas vivían juntas.

-“¿Qué te dijo el médico?”, le preguntó con preocupación Ana González, su hermana.

-“No tengo dinero para la operación y es, como me dijiste, urgente que me operen. Creo que optaré por lo que me recomendó mi médico”, dijo.

La recomendación consistía en prescindir de un anestesiólogo, de los exámenes previos del cardiólogo y hacer la intervención en el consultorio del doctor con anestesia local. Era un riesgo que debía correr y quien la atendía era alguien de confianza. El costo final era ampliamente menor y accesible.

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Todo salió bien. El día de la intervención quirúrgica la fue a buscar una prima que aún permanece en el país. La llevó a su casa en Montalbán y, de nuevo, sintió el cobijo de la soledad. Relata que caminaba hasta la terraza y rememoraba cuando en los días de la madre, su hermana, sobrino y otros familiares se reunían allí a celebrar, comer, beber.

Los recuerdos perduran, las personas se desvanecen: y en esta ocasión la diáspora borró de Venezuela las presencias más cercanas a Verónica. Lágrimas descienden de sus ojos y humedecen sus pómulos. “Eso es lo que más duele, ¿sabes? Recordar esos momentos en que, como familia, compartíamos”, lamentó. Ella vive en ese lugar donde aquellos encuentros los unían como familia. Es imposible para Verónica desligarse de los recuerdos que se evidencian en sus lágrimas.

Las despedidas

Hace cuatro años sus tres sobrinos migraron de Venezuela. Los impulsaron diferentes circunstancias: profesionales, de observar que el panorama económico y político empeoraba y no tenían lo suficiente para formar una familia y sostenerse ellos mismos.

“Fue muy triste ver como migraban uno a uno sin el pensamiento de volver. Mi hermana y yo nos íbamos quedando solas. Fue duro para nosotras”, relató. Las habitaciones de la casa se vaciaban, los pasillos eran menos concurridos, el silencio conquistaba terreno y enmudecía a las voces de las discusiones, las pláticas diarias, las alegrías.

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“La diáspora familiar, de amigos, fue como una explosión. De repente están esparcidos por todo el mundo: Estados Unidos, Italia, Bélgica, España, Chile, Perú, Argentina”.

Además de Verónica, la única voz que se resistía a desvanecerse era la de Ana. No les alcanzaba el dinero, conseguir la comida era una tarea complicada para ambas dada su avanzada edad. “Una sola vez nos llegó la caja del Clap y después más nunca”, aseguró.

Caminar con bolsas de comida, con las pocas que podían comprar, sumaba un esfuerzo enorme. Las medicinas que necesitaban para cualquier eventualidad no se conseguían y si lo hacían, eran costosas. El país las aplastaba a una velocidad inverosímil.

La añoranza también se apoderaba de Ana. Tenía nietos en el exterior y su hijo le imploraba que se fuera a Italia. El tiempo transcurrió y llegó el día en que las hermanas debían despedirse.  Era 2016 y la última habitación ocupada se vació.

El día a día

“Llevo las bolsas de la comida sin ninguna ayuda, con lo poco que obtengo de mi jubilación, la ayuda de mi familia en el exterior y lo que me da un primo por ayudarle con la ropa”, explicó.

Verónica es jubilada. Trabaja como técnico superior de archivo y biblioteca. Con lo que percibe no le alcanza para la vida diaria y por ello lo complementa con realizando quehaceres domésticos a un primo: le lava, le plancha la ropa y él le paga por ello.

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Su familia en el extranjero también la ayudan con lo que, escasamente, le pueden mandar. Luego de la operación del quiste sebáceo, debido a que todavía el cuerpo debía drenar por la herida abierta, se vio con más dificultades.

“Hace tres semanas tuve que ir a consulta y una de mis primas no pudo buscarme por un problema con su carro. Debía agarrar metro en hora pico. Me encomendé a Dios y le pedí que nadie me tropezara. Todos se acumulaban en la puerta y les advertí que estaba recién operada y que por favor me dieran permiso”, contó.

Ese día logró volver sin ningún daño. Se había cubierto la herida con su cartera e hizo un escudo anímico a base de plegarias al ser divino. Del bullicio del exterior, a la omisión absoluta entre muebles, armarios y fotografías de quienes alguna vez ocupaban aquellos espacios vacíos.

Acercamiento por la tecnología

“Sin la tecnología me hubiese aislado más. Menos mal que existe WhatsApp, Skype, Facebook porque a través de ellos pude ver crecer a mis sobrinos”, afirmó.

Una videollamada por Skype atraía a la casa las voces que habían silenciado; un post en Facebook con la foto de sus sobrinos traía nuevamente una sonrisa, una pulsación distinta en su corazón.

Verónica observa a la distancia por medio de una pantalla como su hermana carga a su nieto, como sus sobrinos la saludan. Admite que es difícil no llorar durante esos momentos.

La casa solo aguarda la llegada de una sola persona y ella añora el retorno de la compañía que la diáspora diluyó.

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