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Los que se quedan (III) | “Mi bebé tiene 6 meses y no conoce a su papá”

Vanessa Tanoira es una mujer de 30 años de edad que vive en Lídice. Su esposo tuvo que migrar a Perú huyendo de la emergencia humanitaria compleja. Su historia forma parte de los que se quedan y han tenido que experimentar el sentimiento de despedir a una persona que aman sin saber cuándo podrán reencontrarse

Reporte Proiuris
Arturo Guillén

Vanessa Coromoto Tanoira Vásquez y su esposo Jhorman Alexander Mejías Sequera acarreaban el agotamiento de una relación de pareja. Eran los años de la profundización de la angustia de vivir en Venezuela.

Vanessa identifica la situación del país como el elemento que corroía poco a poco la unión. Se les imposibilitaba salir a disfrutar como ellos acostumbraban: a tomar, comer, ir a fiestas… todo se tornaba monótono. “Eran muchas cosas que solíamos hacer a menudo y fueron disminuyendo hasta casi extinguirse”, lamentó la mujer.

Emigrar era una idea recurrente en la pareja. “Nosotros veníamos hablando de migrar desde mucho antes, teníamos como un año y medio planeando irnos del país, porque la situación era cada día peor y de verdad nos estaba afectando en muchos sentidos, sobre todo como pareja”, relató la mujer de 30 años de edad.

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La despedida

Vanessa quedó embarazada y, en vez de felicidad, a la pareja le sobrevino más angustia. Cuenta  que su esposo, de 35 años de edad, se agobió y cayó en depresión. En febrero de 2018, el papá de su hijo emigró a Perú y ya no podría ver crecer a su niño, al menos durante los primeros meses o, posiblemente, años de su vida.

“Para mí fue rudo. Embarazada, con las hormonas a mil, más me pegaba la tristeza y el llanto… fue muy traumático de verdad. De hecho, aún no lo supero y creo que nunca lo superaré porque son momentos que no se recuperan. El nacimiento de un hijo es algo maravilloso y único, y yo no pude compartirlo con él. Y para mi esposo es peor porque tiene un bebé que ni conoce”, se lamentó.

Vanessa narró con pesar: “La despedida fue horrible. Sentí que me moría. No solo porque me alejaría por un tiempo indefinido de la persona que amo, sino porque me dejaría ‘sola’ con mi bebé que ya estaba casi por nacer. Me aterraba todo, pensar en todo lo que podría pasar en ese transcurso de tiempo, pensar en que podría presentarse un percance en el momento de dar a luz, si me pasaba algo a mí o al bebé”.

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“Fue muy dura la decisión”, aseveró la madre de un pequeño de seis meses de edad.  “No me atreví a irme y menos embarazada, el riesgo era muy grande porque uno afuera es capaz hasta de dormir en una plaza, pero con un bebé no”.

Las despedidas son como trozos, fragmentos de las personas que son arrancados con la promesa de que eso que formaba parte de ti, vuelva como una pieza de rompecabezas a encajar en el alma, el espíritu, la mente. Han pasado nueve meses y aún, ese fragmento, se encuentra a miles de kilómetros.

La ausencia del padre  

La migración forzada ha arrojado a más de 2,3 millones de venezolanos fuera de sus fronteras desde 2014, según la Organización de las Naciones Unidas. Entre esa cifra, que crece y crece sin que  se tomen las medidas necesarias para remediar el problema de raíz, se encuentran millones de familias fracturadas y la de Vanessa Tanoira es una de ellas.

Vanessa trabaja como asistente administrativa en una tienda deportiva del centro comercial Sambil. Entre lo que gana con su empleo y la ayuda que recibe de sus familiares e incluso amigos, ha podido costear los gastos de su hijo. “Apenas me reintegré al trabajo hace un mes. Tuve que hacerlo antes de que culminara el reposo pos natal por la misma situación económica”, afirmó.

Entretanto, a su esposo le ha costado establecerse en Perú.  Apuntó que Mejías ha trabajado en varios lugares: de vendedor, en una ferretería, de depositario, hasta vendiendo jugos en la calle y bombones en autobuses. “Me ha mandado lo que puede, no es mucho, pero ayuda en algo. Ya mi bebé tiene seis meses y no conoce a su papá. Ya él se ha perdido demasiados momentos…. momentos que no volverán”, dijo Vanessa.

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