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Los que se quedan (II) “Papá por favor intenta irte, la situación  es cada vez peor”

Sandra Ríos espera poder reencontrarse con el padre de sus tres hijos en Colombia. Anderson González, su esposo, emigró del país en agosto de 2018 en busca de mejores oportunidades para él y su familia

Reporte Proiuris
Arturo Guillén

Una maleta hecha permanecía en la esquina de una casa en La Pastora. Llovía con intensidad en la ciudad de Caracas. Sandra Ríos, de 40 años de edad, esperaba la llamada de su esposo. Las telecomunicaciones fallaban ese día de agosto de 2018. Intentaba llamar una y otra vez y obtenía el mismo resultado: esos dos insistentes tonos al otro lado del auricular.

Sus tres hijos, una de 17 años de edad y los morochos de 14 años, habían llegado a la casa luego de asistir a sus clases; primero en el liceo y luego en el Sistema de Orquestas. Era las 6:45 pm y todavía no se había comunicado con su pareja, mientras que la maleta aún reposaba en una esquina del hogar. “Intentaré otra vez”, pensó Ríos. Llamó. Alguien le atendió.

-“¡Mira! ¿Qué pasó? ¿Dónde estás?”, le preguntó a Anderson González, su esposo.

-“Ya voy para allá”.

-“¿Allá dónde?”

– “Para San Cristóbal”, le respondió González.

Esa mañana González se dirigió al terminal  con el dinero justo para irse a Cali, Colombia, como lo había planificado junto a su familia.

-“Tú sabes que de aquí no puedo llamarte. Lo hice por si acaso y justo cayó la llamada”, le hablaba.

González tenía pensado comprar el pasaje en la mañana para partir en la tarde. Tendría chance de devolverse a su casa, almorzar, despedirse de su familia y cargar con aquella maleta que, finalmente, no pudo llevar consigo.

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“Una vez que llegó a San Cristóbal, me llamó de un teléfono público. Se le había acabado el saldo y la batería y no pudo comunicarse conmigo. Me dijo que había quedado un puesto en un autobús y que le dijeron que, si quería irse de una vez, lo ocupara. No lo pensó mucho y lo hizo. Él esperó que lo llamara para decirme que por favor le llevara la maleta. Se fue sin ropa, solo con el dinero necesario y sus documentos en regla”, relató Ríos.

 Una decisión familiar

El pensamiento de la pareja se resumía en un solo principio: evitar la ruptura familiar. Ríos recordó que su esposo les decía a sus hijos que entre él y su mamá podían salir adelante. Si ambos trabajaban y colaboraban, tanto económica como emocionalmente, no habría obstáculo que no pudieran superar.

No obstante, la destrucción sistemática y acelerada de un país es un fenómeno que pocos imaginaban. Esas ganas, esos deseos de luchar en Venezuela, se vieron doblegados. “Los niños le pedían al papá que por favor intentara irse, que la situación era y es cada vez peor. Estábamos en una encrucijada. ¿Qué hacer?”, rememoró Ríos.

Una prima de Colombia había visitado con anterioridad a González. Según Ríos, le prometió que si decidía emigrar a Cali, ella le daría trabajo. Fue el empujón que necesitaba, además de la presión que sus hijos le ejercían. “Así que lo decidimos. Él se iba primero”.

La vida sin el padre, sin el esposo

Ríos trabaja en la Cruz Roja como enfermera y a la vez está terminando sus estudios universitarios de enfermería. Labora todo el día y en la tarde busca a sus hijos en la sede de la Orquesta Sinfónica de Venezuela.

Sobrevive con el sueldo que gana y con el apoyo de algunos familiares que permanecen en el país. En algunas ocasiones González les envió remesas para que pudieran sobrellevar el impacto económico que significa alimentar a cuatro estómagos en medio de una emergencia humanitaria compleja.

En el ámbito emocional, aseguró Ríos, están tranquilos. “Sentimentalmente no nos sentimos mal porque fue una decisión en unión. Y ellos (los niños), sobre todo, están tranquilos  porque están pensando en su porvenir”, indicó.

Extrañan al papá, al esposo, pero albergan las esperanzas de reencontrarse, de evitar la ruptura familiar que ellos traten de revertir.

 La esperanza

Hasta los momentos González no ha podido conseguir trabajo. Ríos afirmó que la prima que le prometió un empleo una vez llegara a Colombia, le había dado el puesto a otro familiar que lo necesitaba. De vez en cuando percibe un poco de dinero haciendo trabajos de computación a la familia radicada en ese país.

Entretanto, Ríos espera obtener la licenciatura en enfermería mientras está en proceso de tesis. Una vez que se gradúe tiene pensado, junto a sus hijos, intentar ir a Colombia para reunirse con su esposo. Desea que esa maleta, arrinconada en la casa, vuelva a su dueño de la mano de su esposa.

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