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“Señor presidente lo invito a que viva con el sueldo que gano”

Ni los ataques de colectivos oficialistas han amedrentado a Nusvia Cárdenas, una enfermera que presta servicios en la sala de terapia intensiva del hospital Vargas. Tiene 25 días protestando en la calle para exigir al gobierno un mejor salario. Razona que perdió el miedo cuando tuvo que “sacarse el pan de la boca” para alimentar a sus tres hijos

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Betania Franquis Prada

Ni el amedrentamiento de los colectivos ni el lente de la cámara la intimidan cuando se decide a hablar de su situación. Camina con determinación  y atraviesa el pasillo que conduce a la sala de terapia intensiva en el hospital José María Vargas donde brinda atención permanente a personas en condición crítica.  La enfermera Nusvia  lleva 25 días protestando en la calle para exigir mejores sueldos y es uno de los rostros más visibles en cada concentración.  Dice que perdió el miedo cuando el hambre comenzó a hacer estragos en su familia y tuvo que “sacarse el pan de la boca” para alimentar a sus tres hijos.

Al iniciar la conversación, Nusvia se disculpa. Dice sentirse apenada por no llevar puesto su uniforme blanco. “Es que no tengo jabón para lavar mi ropa”, se justifica. Un conjunto rosado de tela estampada a juego es una de las pocas indumentarias que tiene para usar en repetidas veces. La bolsa de detergente que ya supera los 7.000.000 de bolívares pasó a engrosar la larga lista de artículos que ahora son un lujo en su casa, al igual que la ropa y el calzado. Sus deteriorados y curtidos zapatos que usa para trasladarse diariamente desde el sector San José, donde vive, hasta el centro asistencial, evidencian el trajín de su vida diaria.

Subsistiendo pese a la enfermedad

De los 10 años que tiene trabajando en el hospital, este ha sido el más difícil. El ejercicio de su profesión dejó de ser rentable a medida que disminuyó la calidad de vida de su familia. Desde hace meses ella y sus tres hijos de 21, 19 y 13 años se alimentan a base de granos y plátanos. Las carnes y las frutas, que antes constituían una fuente de proteínas y vitaminas, quedaron en el olvido debido a sus altos costos. Los 600.000 bolívares quincenales que devenga, apenas le alcanzan para comprar algunas legumbres, cuando logra conseguirlas en oferta. Solo puede variar la dieta cuando recibe el aporte de su hija mayor que trabaja en una reconocida industria de alimentos.

“En lo que va de año me he enfermado cuatro veces”, asegura. La interrupción del suministro de agua potable y la falta de jabón y de soluciones antisépticas aumenta la proliferación de bacterias intrahospitalarias que afectan al personal médico y corren riesgo permanente de contaminarse y contagiarse. Para Nusvia la bronquitis, la amigdalitis y las diarreas han sido cada más difíciles de superar debido a la baja ingesta de proteínas y vitaminas y a la escasez de medicamentos. “Allá dentro está todo contaminado y aquí ni una ranitidina te dan. Aunque vivimos expuestos a la contaminación no hay compasión con nadie. ”

El acceso a la educación es otra de las preocupaciones que afectan la  dinámica familiar. A Cárdenas le angustia el futuro de su hija de 13 años, que está por comenzar el cuarto año de bachillerato en una institución privada. “Llevo días preguntándome qué haré para pagar la matrícula. Aun no sé cuál es el monto y no creo que pueda pagarla porque el colegio dejó de ser subvencionado”, indica. Ya ni siquiera tiene artículos o enseres que vender para costear los gastos. Hasta la licuadora la vendió.

Estigmas de una profesión depauperada

 A la enfermera y ama de casa le indigna que la directiva del hospital se niegue a reconocer sus derechos salariales: “Nos dicen limpia traseros”.  La propuesta de aumentar el sueldo de 1.200.000 bolívares a 3.881.610 de bolívares, acordada el 8 de julio entre el gobierno y dirigentes de Fenasirtrasalud, es para Cárdenas un atropello a su inteligencia.  Irritada, rememora sus años como estudiante para reivindicar el valor humano y académico de su profesión, hoy violentada por el “irrespeto de las garantías constitucionales”, como ella misma comenta. Además de tener una especialización en terapia intensiva avalada por la Universidad Politécnica de los Altos Mirandinos Cecilio Acosta, Nusvia es licenciada en Enfermería y posee una  maestría en Gerencia de Salud Pública. “No es justo que después de tanto estudiar, venga a trabajar con hambre y no pueda ni comprarme una empanada”.

Desde las 7:00 am se puede escuchar el vago rumor de su voz  por el área de hospitalización. A esa hora la esperan hasta cinco pacientes postrados en cama. El baño diario, el monitoreo constante de los signos vitales, la  aspiración de las secreciones y la administración de los pocos fármacos que llegan al centro hospitalario dependen de ella. Admite que a veces le falta energía para trabajar cuando no se alimenta lo suficiente, especialmente durante las guardias.

Las ojeras y el cansancio que predominan en su semblante trigueño son solo el reflejo de su estilo de vida. 25 días en la calle, sin obtener respuesta del gobierno, la invaden de una profunda desmotivación, que asegura, es una de las sensaciones más fuertes que ha experimentado. “¿Sabes?, nunca consideré irme del país pero desde hace semanas lo pienso cada día. Siento que ya no puedo más”.

Al terminar la conversación vuelve a situarse al frente del grupo de compañeras que trancan el acceso a la calle San Simeón del sector San José. Guapea con una pancarta mientras hace resonar en sus manos un recipiente metálico: ¡Señor presidente, a usted lo invitamos a que viva un día con el sueldo que ganamos! grita a coro, sin temor a represalias. Asegura no tener miedo pero se le quiebra el temple cuando habla de sus hijos. “Mi mayor temor es pensar que algunos de ellos pueda enfermarse y morir en una de las camas del hospital sin que yo pueda hacer nada. Porque sé bien lo que se vive allá dentro”.

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