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Rostros de la crisis | Katiuska Rincón: “¿Cómo alguien con sueldo mínimo puede sobrevivir a esta situación?”

La mujer recorre el mercado de Quinta Crespo con el objetivo de comprar algunas frutas para su hija de 10 meses que tiene la hemoglobina baja. En su mente tiene un objetivo: irse del país cuanto antes

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Arturo Guillén

Una bebé ve con atención pueril las frutas en un puesto del mercado de Quinta Crespo mientras agita sus pequeños brazos como pidiéndole a la madre que le diera una. La mujer la carga y hace las compras al mismo tiempo. Tiene una bolsa de tela colgada en un hombro y paga lo que puede con una tarjeta de débito. Compra medio kilo de moras, durazno y fresa. El total: más de 1.500.000 Bs. El sueldo mínimo legal en Venezuela, incluyendo el bono de alimentación, se fija en 2.555.500 Bs. En tan solo esa cantidad de frutas se diluye más de la mitad del salario mínimo establecido el 1 de mayo por el presidente Nicolás Maduro.

No obstante, tal realidad no se refleja en el rostro de Katiuska Rincón, de 28 años de edad.  Tiene a su pequeña de 10 meses y un niño de 5 años de edad que se encuentra en el colegio. “En estos momentos compro todo esto porque la bebé tiene la hemoglobina baja y necesita vitamina C”, expresa entretanto camina por el mercado y observa los puestos de verdura. “No todos los días comemos carne. Y siempre me he preguntado: ¿Cómo alguien con sueldo mínimo puede sobrevivir a esta situación?”. La pregunta se debe a un motivo: tres de sus hermanos y su esposo emigraron a Chile hace siete meses y gracias a ello Rincón puede sostenerse con las remesas.

La mujer se detiene en un puesto de verduras. La bebé intenta alcanzar una envoltura de plástico con champiñones que cuelga de un cordón. Logra tocarla y jugar con ella. “No, mi amor, deja eso”, le reclama la madre  a la vez que habla con el vendedor, quien, con una expresión de molestia, escucha el pedido: “Deme un kilo de apio y ocumo, por favor”. El hombre sostiene dos bolsas y agrupa en ellas lo que Rincón deseaba. Paga y guarda lo que compró en su bolsa de tela y continúa el recorrido.

Camina en línea recta esquivando a las personas que transitan por el mercado. La niña gira la cabeza a los lados y se muestra abrumada por la cantidad de gente que circula y que no parece tener fin. Cruza para adentrarse al área de las carnes. Visualiza rápidamente el pollo y el cerdo. Los precios son volcanes en erupción ininterrumpida. Niega con la cabeza y sale de esa zona. Vuelve a los puestos de frutas y pregunta por otras moras. “1.5000.000 bolívares el kilo”, le responde el vendedor. Se aleja y decide no comprarlas. Dice que necesita tomate de árbol para su hija, pero no lo consigue. “Mira estos precios, cada día vamos de mal en peor”, suspira como si quisiera  dar el último aliento de un país que se ahoga en un océano rojo de hiperinflación.

“La semana pasada vi un paquete de pañales de 20 unidades a 10.000.000 de bolívares. Lo peor es que  duran máximo una semana”, asegura.

Migrar: para muchos, la solución a las fallidas políticas económicas

La excesiva intervención del Estado en la economía, el control cambiario y de precios y la destrucción del aparato productivo en el país han deteriorado el bolsillo del venezolano. Los costos elevados de los bienes de primera necesidad  que se observan en el mercado de Quinta Crespo constituyen  una de las tantas evidencias empíricas del modelo socialista implementado por el gobierno del fallecido presidente Hugo Chávez.

Rincón, que hace el último intento de buscar el tomate de árbol, es consciente de la situación, no solo política y social, sino también de la consecuente caída económica. Ante ese panorama, y con dos hijos de los que ocuparse, afirma: “Estoy sacando todos mis papeles. Tengo a mis tres hermanos ya mi esposo en Chile. Y si Dios quiere, para el año que viene me voy para allá junto a ellos. Es lo más sensato que puedo hacer: tengo dos hijos que dependen de mí y de su padre”.

Hace un año Rincón perdió su trabajo en una empresa de planchas litográficas que bajó la santamaría. Para la familia fue un duro golpe y por ello su esposo tomó la decisión de irse a Chile con el fin de ayudarla a ella y a sus dos hijos.

Sale del mercado sin haber conseguido el tomate de árbol. Una leve llovizna cae sobre las calles caraqueñas. Varias personas abandonan el lugar con pocas bolsas en sus manos. Rincón cubre a la pequeña con la capucha del suéter que viste. Camina hasta el semáforo que se mantiene en verde. Los vehículos transitan sobre el pavimento mojado hasta que el rojo indica el paso de los peatones. Cruza la calle, en la avenida Baralt, y espera el autobús que la llevará hasta su vivienda en La Pastora. Rincón puede estar recorriendo sus últimos kilómetros en Caracas para luego ser parte de la diáspora venezolana. Y así como ella, muchos, en estos momentos, piensan sumarse a la estadística de venezolanos en el exterior para disipar de su semblante al rostro de la crisis.

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