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Voces de la diáspora | María Eugenia, de la desesperación a la explotación

Hace tres meses una paramédico venezolana de 48 años de edad migró hacia Ecuador en busca de posibilidades de trabajo que le permitieran enviar dinero a la familia que dejó en Venezuela. Sabía que la vida como migrante sería complicada, pero no que podía ser víctima de explotación laboral

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Arturo Guillén

Como muchos venezolanos agobiados por la emergencia humanitaria compleja que limita el crecimiento personal y profesional, María Eugenia Hernández, de 48 años de edad y paramédico de profesión, huyó del país. Vía terrestre llegó a Ecuador hace tres meses y se estableció en la ciudad Portoviejo, ubicada en la provincia de Manabí.

Su primera experiencia de trabajo en territorio ecuatoriano resultó muy dura porque  se convirtió en explotación laboral. Logró conseguir un empleo como enfermera: se le asignó el cuidado a domicilio de una señora de avanzada edad. La primera oferta monetaria fue de 350 dólares mensuales, a pesar de que el sueldo mínimo en Ecuador es de 386 dólares. La ley del trabajo en ese país no distingue entre nacionales o extranjeros a efectos del monto del salario mínimo mensual. “Por la desesperación al no conseguir trabajo, acepté”, explica María Eugenia.

El tiempo pasaba y sus labores se diversificaban: cocinaba para todos los miembros de la familia, limpiaba la casa y la ordenaba. “Unas personas que tienen tiempo aquí me comentaron que si cuidaba a la señora, tenía que atenerme a solamente esa función, que no tenían por qué exigirme hacer labores que no me correspondían”.

Además de asignarle más trabajo, en un horario que comprendía de 7:00 am a 11:00 pm, después le informaron que debido a que un hermano de los empleadores había perdido su trabajo, solo le podían pagar 300 dólares. “Sabía que era una excusa para pagarme menos”, razona la migrante venezolana.

La necesidad la llevó a conformarse con el bajo sueldo y las condiciones laborales a la que era sometida. “Un corto tiempo después, una hermana de quienes me emplearon tenía unos medicamentos para la señora porque ella presentaba una patología extraña. Debido a que era un medicamento que se lo tenía que suministrar yo, preferí no hacerlo porque carecía de una receta médica y si reaccionaba mal tras suministrárselo, podía meterme en problemas”, relató.

La precaución le trajo consecuencias negativas. La empleadora, molesta por lo que Hernández le argumentó, la despidió: “Al día siguiente la señora me despidió diciéndome que no era competente para cuidar a su mamá y que la doméstica hacía mejor trabajo que yo”.

María Eugenia se trasladó desde Portoviejo hasta Guayaquil. Ahora solo trabaja los fines de semana. Pareciera haberse prohibido flaquear. Y hay un motivo para ello: está decidida a procurarse una mejor calidad de  vida, para ella y para su familia.

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