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El calamitoso periplo en busca de comida

Desde la madrugada decenas de personas se agolpan a las puertas de los supermercados de El Cafetal. Gente de todas las edades y hasta niños con uniformes escolares pasan frío y corren el riesgo de ser víctimas de la delincuencia. No saben qué van a comprar, porque no saben qué van a vender el día que salen a adquirir productos regulados, de acuerdo al terminal de su número de cédula. Muchos regresan a sus casas con las manos vacías
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Anyela Torres

“Venezuela es el único país donde puedes sentirte rico y pobre al mismo tiempo. Yo ahorita acuesto a mis nietos sobre un cartón, pero con el favor de Dios mañana cenaremos carne”, dice María Luisa mientras se prepara para pasar la madrugada sentada en la acera de un supermercado perteneciente a una de las más grandes cadenas del país, que está ubicado en El Cafetal, municipio Baruta.

Son la 1:40 de la madrugada y en el mismo sitio aguarda un grupo  que espera que el establecimiento abra, a las 8:30 de la mañana. Como cada semana, les había llegado el rumor de que venderían comida barata; esta vez carne, harina y mantequilla. Ocho personas comienzan a alargar la fila. Más tarde llegarían ancianos y hasta niños con sus uniformes escolares. Llegan en motos, carros, jeeps, camionetas por puestos. Se saludan con camaradería. Desde hace meses los une la necesidad de adquirir alimentos y el terminal de sus cédulas.

En Venezuela se ha incrementado la escasez de algunos de los productos que integran la dieta del venezolano: leche, azúcar, harinas, aceite, pasta, arroz, carne, así como productos de higiene básica y aseo personal.  El gobierno “diseñó” un sistema a través del cual los dueños de establecimientos comerciales de comida están obligados a vender  alimentos a precios regulados por el Estado,  con un límite de productos por persona y una vez a la semana, dependiendo del último dígito de su cédula. Los lunes les correspondería a los números 0 y 1; los martes a los 2 y 3; los miércoles 4 y 5; jueves 6 y 7; y los viernes 8 y 9.  La situación no  ha mejorado, las colas se incorporaron a la cotidianidad de los venezolanos y emergió la figura de los llamados “bachaqueros”, personas que compran a precios regulados y luego los revenden mucho más caro.

Padres se ven obligados a llevar a sus hijos a pernoctar frente a los supermercados para comprar comida | Foto: Anyela Torres


 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

En la actualidad la inflación, que según expertos se ubica en 2.600%, ha provocado que la crisis económica se agudice. El sueldo mínimo en el país es de 248.210,41 bolívares y asciende a 797.210, 41 si se le suma el bono de alimentación de 549.000,00 bolívares. A precios no regulados un cartón de huevos cuesta 390.000,00 bolívares y el kilo de carne supera los 300.000,00 bolívares.

Marcar para no perder

El Cafetal es una de las zonas más concurridas por quienes buscan alimentos a precios regulados,  porque allí convergen supermercados de cuatro grandes cadenas, y se supone que son los más abastecidos. Las personas van de un establecimiento a otro; un recorrido calamitoso y desesperante para muchos.

Algunos promueven y se incorporan a una organización sui generis. Dejan sus cédulas en el primer lugar donde llegan. El primero en la fila (que generalmente es un  bachaquero) recoge los documentos de identidad para establecer un orden y que se respeten los lugares en la fila.   Se subdividen por grupos de 20, a los cuales denominan “lote”. Cualquier identificación sirve: cédulas, tarjetas de débito, carnet de la patria… El que recoge el documento  “guarda” el  puesto  del aspirante a comprar, para que este se dirija a otro comercio a repetir la misma operación.

 

Los ancianos se exponen a la intemperie desde la madrugada| Foto: Anyela Torres


 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

A las 3:00 de la madrugada tres jóvenes y cuatro ancianos  deciden caminar las tres cuadras  que separan dos de los supermercados, y que a esa hora están oscuras y desoladas. Al llegar al sitio, observan que hay más de veinte personas en la fila, lo que indica que ya comenzaría la recolección de cédulas.

“Hay gente que se saca hasta cinco cédulas para esto mismo, para ir marcando los puestos de las colas. Claro, en nuestro caso necesitamos solo dos, porque estos son los automercados a los que uno puede llegar a pie mientras amanece. Tampoco vamos a tentar al diablo”, comenta un hombre.

Los que buscan alimentos a como dé lugar corren muchos riesgos: la inseguridad,  la intemperie y la posibilidad de perder sus documentos de identidad.   María Eugenia, una habitante de Petare, hace cálculos al entregarle su cédula a un desconocido “¿Qué tanto podría pasar? Más me pesaría no poder llevar nada a mi casa”, indica con desdén.

La vejez no los detiene

Mónica, una anciana 69 años de edad, camina ansiosamente de un lado a otro mientras espera que su nieta termine de comerse un pedazo de pan para ir de nuevo al Centro Comercial Plaza Las Américas, donde rato antes entregó su cédula. Sabe que el proceso para “marcar” su puesto aún no ha terminado.

Las personas con discapacidad y adultos mayores hacen una cola distinta, que usualmente suele ser más corta, y donde además de la recolección de documentos se hace una lista definitiva para intentar garantizar un orden de llegada. Quien no esté presente durante su elaboración queda por fuera a pesar de que haya entregado su cédula.

La calma y el silencio de las calles de El Cafetal a las 4:00 de la madrugada se rompe cuando un grupo numeroso de ancianos comienza a rodear  a la persona que tiene en posesión sus documentos de identificación y que comienza a nombrarlos uno a uno, mientras los anota en papel a medida que responden: “Presente”. Ninguno quiere quedar rezagado.

Más horas y menos comida

A medida que amanece se desvanecen las oportunidades de regresar con comida a la casa. Ya son las 5:30 am y van muchas horas de frío.  El transporte público inicia sus labores y se suman más y más personas a las colas. En uno de los cuatro supermercados  ya hay más de setenta personas…

Los niños con uniformes que pasaron la noche junto a sus madres comienzan a despertarse; los bebés en brazos reclaman su alimento; vendedores de café van y vienen de los supermercados con sus termos; una señora desenvuelve su arepa y la muerde, el joven que está a su lado la mira, cierra sus ojos y recuesta su cabeza de la pared.  “Aquí no hay monte para pelar las nalgas. Hay que esperar que abra la gasolinera para ir al baño”, dice una mujer. Así transcurren las horas.

Para las 6:00 am los comentarios  sobre la posibilidad  de comprar comida distan mucho de los que se escuchaban cinco horas antes. “Un conocido que trabaja de vigilante me dijo que solo venderán harina”, “Yo conozco al gerente de aquí y dice que lo que llegó fue azúcar, olvídense de la carne”, “Ayer aquí vendieron pasta, hoy seguro también venden eso”. Proliferan los rumores.

Pero no fue sino hasta las 8:00 am que salió un vigilante y acabó con todas las esperanzas: “Señores aquí no se va a sacar nada, porque no llegó nada”, sentenció.

Un grupo se dirigió raudo desde ese supermercado al otro donde habían asegurado sus puestos hora antes. Pero una vez allá la desesperanza también los alcanzó. Reinaba la desorganización y, al final, no vendieron nada.

Algunos asumen que es cuestión de perseverancia. Un grupo decidió entonces seguir la travesía y fueron al Centro Comercial Vizcaya donde está ubicado otro automercado. Una mujer que usaba un pañuelo en la cabeza, se quedó quejándose de no poder ir. Había entregado su cédula a una mujer a quien no podía encontrar. A las 11:00 am, tras tres horas de angustia, la mujer y otras veinte personas, decidieron ir a otro supermercado a recuperar sus documentos. La cola de personas, cédulas en mano, intentando ingresar rodeaba este otro supermercado. La mujer del pañuelo blanco recorría la fila buscando a quien tenía su cédula.

Se escuchaban comentarios sobre los Comité Locales de Abastecimiento y Producción: “ Uy, a mi rara vez llega el CLAP”, “cuando llega no alcanza para 20 días”, “siempre te negrean con algún alimento”,  “tenemos que madrugar todas las semanas, porque si nos ponemos a esperar por los CLAP nos morimos de hambre”.

A las 12:00 pm salió el vigilante y la gente se  abalanzó  sobre a él y otro trabajador que lo acompañaba.  Ambos cayeron al suelo. “Estamos aquí  desde la madrugada. Déjennos pasar” decían. Como pudieron, los trabajadores escaparon del tumulto. Regresaron  media hora después para retirar solo 20 cédulas de personas de la tercera edad, lo cual provocó un alboroto mayor.

Algunos decidieron ir a La Guairita, a otro automercado, al que llamaban “El Súper”, para comprar aceite. Pero en el camino se cruzaron con personas, que con el producto en mano, les decían: “Ya se acabó. Fuimos los últimos”.

“En el supermercado del Centro Comercial Vizcaya no vendieron nada, ni en los otros tres que quedan cerca tampoco. Y a los dos donde había algo no llegamos a tiempo, se acabó todo muy rápido. Ni modo, nos veremos de nuevo el martes siguiente a ver si nos va mejor”, se dijeron dos señoras mientras se despedían.

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